Sus nalgas escuálidas asoman entre los guiñapos. Está descalzo. Y su huella queda impresa granate en la acera a causa de un pie sangrante. Encima trae puesto una camiseta inmunda con una regia imagen sacra, que se refleja en los vidrios de cada automóvil detenido frente al semáforo. No tiene pelo. Su expresión es joven, pero trastornada. Los conductores se enfadan. Las monedas que le tiran son escasas. 

 

-¡Anda trabaja, oye!

-¡Deja la droga!

 

 La luz del semáforo cambia, el tipo acelera con su pie malo. Otra vez recorre uno por uno los carros con su sonrisa desesperada. Un chofer acelera con la intención de asustarlo y lo saca del camino. Los demás, aseguran puertas y ventanas y continúan hablando por su celular con la mirada fija en el vacío. 

 

Una mujer aparece del lado opuesto de la calle y se dirige decidida hacia él. Lleva una bolsa plástica. En el acto, el hombre hace contacto visual con ella y enrumba a su encuentro.

 

Una patrulla se detiene. Un par de policías lo obligan a inmovilizarse. El hombre intenta explicar lo que está a punto de sucederle y levanta el brazo haciendo el ademán de  señalar a la mujer que se acerca. Pero uno de los oficiales reacciona rápido y con sorprendente práctica lo reduce de espaldas al piso sujetándolo fuertemente por las muñecas con una tira de plástico irrompible. La policía llegó antes que la mujer. Los trajo una denuncia hecha desde un celular. Un chofer ofendido por la exposición de tanta miseria ante sus hijos y en plena calle.

 

-¡Yo pago mis impuestos!

 

Al verse perdido, el sujeto, empieza a vociferar. El oficial le pide que guarde silencio y, como el hombre continúa gritando con mayor desesperación, pide refuerzos. Ensordecedoras, al momento llegan un par de patrullas deslumbrantes y bloquean la avenida, haciendo más dramático el cuadro de lo que ya es con un hombre semidesnudo esposado de espaldas en medio de la berma a plena luz del día.

 

La mujer llega corriendo pero la policía no le permite acercarse. Ni quieren saber lo que tiene que decir. Está advertida: Si no mantiene diez pies de distancia tendrán que arrestarla. El tráfico se congestiona porque nadie quiere perderse ni un detalle. La policía hace su trabajo. Van y vienen de un patrullero a otro, intercambian papeles, hablan por la radio… Se lo llevan detenido.

 

En la siguiente luz la comitiva policial se detiene y – como algo que los conductores creen no haber visto -, bajan al sujeto y con las mismas arrancan en plena roja con las sirenas encendidas. El hombre se tira en la acera. Una sonrisa de felicidad se desborda de su rostro demacrado. El brillo de sus ojos se enciende. Satisfecho, besa la pulserita del hospital que hace un mes lo expulsó por falta de recursos y que ahora lo ha librado de la cárcel. De pronto, mira para todos lados. Otra vez se preocupa. En el acto se pone de pie y le saca lustre al brazalete de plástico. Se siente mejor. La luz cambia. Los carros se han detenido. El tipo comienza a pedir limosna con más ánimo mostrando su pulsera.

 

Parece que por fin  ha logrado reunirse con la mujer. Allí está sentado. Medio oculto en un rincón comiendo con la mano de la bolsa que ella traía.

 

 

 Fue la respuesta al tedioso y repetitivo, pero no lejano de la realidad, discurso de  Ortega. Si olvidar la Historia fuese válido, no buscaríamos juzgar a los autores de delitos contra la Humanidad, – como los cometidos durante la Segunda Guerra Mundial- ni podríamos haber condenado a ciertos personajes como el presidente peruano Alberto Fujimori. El análisis de la Historia nos permite rectificar los errores del pasado y hace posible evitarlos en el futuro. La propuesta del presidente Obama -borrón y cuenta nueva- es decepcionante y autoritaria porque exige el olvido y la impunidad para construir un mejor futuro sobre las ruinas del intervensionismo norteamericano. 

 

Han transcurrido tres meses desde que Obama asumió la presidencia y ya podemos medir el grado de credibilidad de sus elocuentes y bien elaborados discursos que -cargados de retórica esperanzadora- anuncian un gran cambio para Norteamérica y el mundo. Las expectativas creadas en torno a su desempeño en el cargo, obviamente, han sido  mayores a su capacidad para resolver problemas.

 

La condición racial se baraja nuevamente en este país como un elemento de diferenciación entre semejantes y ha dado como resultado que el único cambio sea el triunfo electoral de un afro-americano. Por otro lado, una sociedad en donde se obliga a categorizar  a la persona humana de acuerdo a su nacionalidad es discriminatoria. En el autoproclamado país de la Libertad, todavía se dosifica el ejercicio de los derechos individuales de acuerdo al valor atribuido a cada poblador por su condición racial, económica y estatus migratorio.  Además, coexisten con el grupo de los ciudadanos – donde los conflictos de estas índoles nunca han acabado -, un grupo de residentes aspirantes a la  naturalización. En este grupo, los conflictos antes mencionados, tampoco se han eliminado y podría decirse que la competencia generada entre sus miembros para alcanzar el estatus legal se ha agudizado.

 

Es innegable que Obama ha sido elegido por los ciudadanos nacidos y naturalizados en este país. Sus discursos y propósitos están dirigidos en función de sus necesidades, lo que es políticamente correcto. Sin embargo, millones de residentes no acudieron a las urnas por su condición legal transitoria, determinada por factores políticos, económicos y sociales, como el racismo. Existe una gran masa humana en espera de su legalidad. Los esquemas de conflicto se repiten como patrón de conducta social rumbo a la adaptación para una vida plena de Libertades y Derechos. Las condiciones de vida que  esta multitud lleva son, en muchos casos, peores a las que vivían anteriormente en sus países de origen.

 

Y la respuesta es siempre la misma: ¡Si no te gusta, vete! ¡Regresa a tu país! ¡Esta es una Democracia! Como si ésta última fuera un privilegio exclusivo de los Estados Unidos. Esta ilusión de falsa libertad es la que saca a millones de jóvenes de sus países que, a pesar de vivir una vida digna en su lugar de origen, deciden probar suerte en un territorio donde carecen de libertades y derechos básicos como salud y educación.

 

Según sus recientes declaraciones, Obama ha decidido solucionar el problema inmigratorio sancionando económicamente a esta masa – empobrecida y maltratada por la discriminación y por sus limitaciones legales-, por el hecho de haber permanecido en este país sin permiso, quebrantando la ley. Sin embargo, esta muchedumbre es la fuerza laboral que desempeña los trabajos más duros, que los privilegiados no están dispuestos a ejecutar. Cuestionado Obama acerca de la situación de los millones de inmigrantes ilegales en este país en su reciente visita a México, – enfrentando el bombardeo de un inquisitivo grupo de periodistas – respondió que no solamente eran mejicanos sino muchos otros grupos, como irlandeses y polacos, los que se encontraban en espera de su legalidad, ignorando que sesenta por ciento de los ilegales provienen de ese país.  Su referencia a las otras nacionalidades europeas parece haber sido sacada de los libros de ciencias sociales que el presidente leyó durante la secundaria y que de hecho se refieren a etapas previas de la historia norteamericana. 

 

Resulta contradictorio que, mientras el presidente Obama desconoce algunos problemas sociales en casa,  opine acerca de los derechos y libertades de los ciudadanos de otros países.

  

La conocida doble moral norteamericana, bajo la premisa de la libertad, somete a la población al servicio de un Estado autoritario y policial donde sólo existe la libertad de consumo, la competencia desleal y el monopolio de los servicios. El efecto de la repetición constante de este valor ha dado como resultado la actitud sumisa y pasiva de sus pobladores que están persuadidos de ejercer plenamente sus libertades individuales, mientras que el racismo, la xenofobia y la discriminación continúan carcomiendo sus cimientos.

 

 

 

Posteado por: eduardocatalan | septiembre 1, 2011

La Anomia Social y el “Crímen Organizado”

Por: Eduardo Catalán FB

 

 

 

La desesperanza, el desconcierto e incertidumbre política que sobrelleva la población actualmente; agravados por ciertos patrones promovidos desde la clase gobernante, hacen que proliferen conductas delictivas y antisociales entre los sectores de menor poder adquisitivo. Sin embargo, los delitos perpetrados por el “crimen organizado” son  producto de la Anomia Social.  Es decir, las fechorías ideadas por “una mente criminal” que tiene acceso a canales institucionalizados –o que pertenece a los mismos-, dónde consigue información clasificada o del flujo del dinero para apropiárselo y repartirlo entre sus secuaces o grupo de poder. Revelar información confidencial para cometer delito escapa del control de los custodios del Orden. Ya que, al ser premeditado en las sombras, no se tiene la certeza de dónde y cuando se dará el golpe. Permite además, la posibilidad que alguno esté involucrado y evite patrullar por el lugar mientras todo sucede. Especulando al respecto podríamos pasarnos el día entero.

 

 

 

Lo que es un hecho es que, frente al “crimen organizado”, la ciudadanía está desprotegida. La institucionalización del peculado  trasluce la Anomia Social que experimenta una Nación en general. La Anomia es un fenómeno social originado por la desatención de los Gobiernos de las funciones que lo definen de manera deontológica por antonomasia.

 

 

 

¿Qué quiere decir esto? Que, las instituciones privadas y estatales evidencian comportamientos contrarios para los cuales fueron creadas. Existe Anomia Social, cuando el banco roba; el colegio corrompe. Cuando los empleos son una estafa o cuando los centros de estudios pierden valor por pertenecer a sectores populares. O cuando se engaña en el peso; o se venden las cosas con fechas expiradas o en mal estado. Cuando se desvaloriza los productos nacionales frente a los importados. Y, claro, cuando la policía es corrupta, los jueces están comprados; o las licitaciones públicas son una farsa; o cuando se comercializa con la salud y la desgracia. Cuando los alcances del Estado no tienen nada que ver con la Canasta Familiar. Otra muestra grave es cuando la milicia se entromete en la Democracia. La Anomia es la pérdida de los Valores morales y sociales dentro de una sociedad, como producto del fracaso del programa del gobierno aplicado y de la ineficacia de la Ideología imperante.

 

 

 

Todos estos indicadores determinan la existencia de Anomia en una sociedad. Lo peor es que los efectos de la Anomia Social son irreversibles y queda sólo detenerla. Porque la persona pública,  privada o jurídica que ha descubierto que robando, corrompiendo o asesinando puede llegar más lejos que honradamente, nunca va a cambiar de parecer. La Anomia se detiene de menor a mayor. El cambio debe empezar por la integridad propia, por los hogares. De allí, a las calles, los distritos, las provincias, las Regiones, la Nación en general. Poner coto a la Anomia implica un reclamo solidario sin distinciones ideológicas de todas las personas comunes, hacia las Autoridades, la Empresa, el Espectáculo, la Educación, el Deporte, la Prensa, el Teatro, la Cultura. Un “de pie” enérgico, para que no se atropellen más las  Garantías Sociales.

 

 

 

El poder de la gente, del consumidor, del votante, del televidente, del radioescucha, de los estudiantes, de los trabajadores, de las amas de casa, de las Redes Sociales, etc., etc. Resulta inconmensurable, si en este sentido existiera un consenso. Y los gobernantes lo saben; pero también conocen nuestras debilidades y por eso se valen del engaño, la coima, la corrupción, la desinformación y del enfrentamiento de intereses para adormecer el espíritu crítico y comprar la opinión. Por todo esto, una necesidad capital, es superar la adolescencia de nuestras Democracias lo más pronto posible.

 

 

 

Entradas antiguas »

Categorías

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.