Sus nalgas escuálidas asoman entre los guiñapos. Está descalzo. Y su huella queda impresa granate en la acera a causa de un pie sangrante. Encima trae puesto una camiseta inmunda con una regia imagen sacra, que se refleja en los vidrios de cada automóvil detenido frente al semáforo. No tiene pelo. Su expresión es joven, pero trastornada. Los conductores se enfadan. Las monedas que le tiran son escasas. 

 

-¡Anda trabaja, oye!

-¡Deja la droga!

 

 La luz del semáforo cambia, el tipo acelera con su pie malo. Otra vez recorre uno por uno los carros con su sonrisa desesperada. Un chofer acelera con la intención de asustarlo y lo saca del camino. Los demás, aseguran puertas y ventanas y continúan hablando por su celular con la mirada fija en el vacío. 

 

Una mujer aparece del lado opuesto de la calle y se dirige decidida hacia él. Lleva una bolsa plástica. En el acto, el hombre hace contacto visual con ella y enrumba a su encuentro.

 

Una patrulla se detiene. Un par de policías lo obligan a inmovilizarse. El hombre intenta explicar lo que está a punto de sucederle y levanta el brazo haciendo el ademán de  señalar a la mujer que se acerca. Pero uno de los oficiales reacciona rápido y con sorprendente práctica lo reduce de espaldas al piso sujetándolo fuertemente por las muñecas con una tira de plástico irrompible. La policía llegó antes que la mujer. Los trajo una denuncia hecha desde un celular. Un chofer ofendido por la exposición de tanta miseria ante sus hijos y en plena calle.

 

-¡Yo pago mis impuestos!

 

Al verse perdido, el sujeto, empieza a vociferar. El oficial le pide que guarde silencio y, como el hombre continúa gritando con mayor desesperación, pide refuerzos. Ensordecedoras, al momento llegan un par de patrullas deslumbrantes y bloquean la avenida, haciendo más dramático el cuadro de lo que ya es con un hombre semidesnudo esposado de espaldas en medio de la berma a plena luz del día.

 

La mujer llega corriendo pero la policía no le permite acercarse. Ni quieren saber lo que tiene que decir. Está advertida: Si no mantiene diez pies de distancia tendrán que arrestarla. El tráfico se congestiona porque nadie quiere perderse ni un detalle. La policía hace su trabajo. Van y vienen de un patrullero a otro, intercambian papeles, hablan por la radio… Se lo llevan detenido.

 

En la siguiente luz la comitiva policial se detiene y – como algo que los conductores creen no haber visto -, bajan al sujeto y con las mismas arrancan en plena roja con las sirenas encendidas. El hombre se tira en la acera. Una sonrisa de felicidad se desborda de su rostro demacrado. El brillo de sus ojos se enciende. Satisfecho, besa la pulserita del hospital que hace un mes lo expulsó por falta de recursos y que ahora lo ha librado de la cárcel. De pronto, mira para todos lados. Otra vez se preocupa. En el acto se pone de pie y le saca lustre al brazalete de plástico. Se siente mejor. La luz cambia. Los carros se han detenido. El tipo comienza a pedir limosna con más ánimo mostrando su pulsera.

 

Parece que por fin  ha logrado reunirse con la mujer. Allí está sentado. Medio oculto en un rincón comiendo con la mano de la bolsa que ella traía.

 

 

 Fue la respuesta al tedioso y repetitivo, pero no lejano de la realidad, discurso de  Ortega. Si olvidar la Historia fuese válido, no buscaríamos juzgar a los autores de delitos contra la Humanidad, – como los cometidos durante la Segunda Guerra Mundial- ni podríamos haber condenado a ciertos personajes como el presidente peruano Alberto Fujimori. El análisis de la Historia nos permite rectificar los errores del pasado y hace posible evitarlos en el futuro. La propuesta del presidente Obama -borrón y cuenta nueva- es decepcionante y autoritaria porque exige el olvido y la impunidad para construir un mejor futuro sobre las ruinas del intervensionismo norteamericano. 

 

Han transcurrido tres meses desde que Obama asumió la presidencia y ya podemos medir el grado de credibilidad de sus elocuentes y bien elaborados discursos que -cargados de retórica esperanzadora- anuncian un gran cambio para Norteamérica y el mundo. Las expectativas creadas en torno a su desempeño en el cargo, obviamente, han sido  mayores a su capacidad para resolver problemas.

 

La condición racial se baraja nuevamente en este país como un elemento de diferenciación entre semejantes y ha dado como resultado que el único cambio sea el triunfo electoral de un afro-americano. Por otro lado, una sociedad en donde se obliga a categorizar  a la persona humana de acuerdo a su nacionalidad es discriminatoria. En el autoproclamado país de la Libertad, todavía se dosifica el ejercicio de los derechos individuales de acuerdo al valor atribuido a cada poblador por su condición racial, económica y estatus migratorio.  Además, coexisten con el grupo de los ciudadanos – donde los conflictos de estas índoles nunca han acabado -, un grupo de residentes aspirantes a la  naturalización. En este grupo, los conflictos antes mencionados, tampoco se han eliminado y podría decirse que la competencia generada entre sus miembros para alcanzar el estatus legal se ha agudizado.

 

Es innegable que Obama ha sido elegido por los ciudadanos nacidos y naturalizados en este país. Sus discursos y propósitos están dirigidos en función de sus necesidades, lo que es políticamente correcto. Sin embargo, millones de residentes no acudieron a las urnas por su condición legal transitoria, determinada por factores políticos, económicos y sociales, como el racismo. Existe una gran masa humana en espera de su legalidad. Los esquemas de conflicto se repiten como patrón de conducta social rumbo a la adaptación para una vida plena de Libertades y Derechos. Las condiciones de vida que  esta multitud lleva son, en muchos casos, peores a las que vivían anteriormente en sus países de origen.

 

Y la respuesta es siempre la misma: ¡Si no te gusta, vete! ¡Regresa a tu país! ¡Esta es una Democracia! Como si ésta última fuera un privilegio exclusivo de los Estados Unidos. Esta ilusión de falsa libertad es la que saca a millones de jóvenes de sus países que, a pesar de vivir una vida digna en su lugar de origen, deciden probar suerte en un territorio donde carecen de libertades y derechos básicos como salud y educación.

 

Según sus recientes declaraciones, Obama ha decidido solucionar el problema inmigratorio sancionando económicamente a esta masa – empobrecida y maltratada por la discriminación y por sus limitaciones legales-, por el hecho de haber permanecido en este país sin permiso, quebrantando la ley. Sin embargo, esta muchedumbre es la fuerza laboral que desempeña los trabajos más duros, que los privilegiados no están dispuestos a ejecutar. Cuestionado Obama acerca de la situación de los millones de inmigrantes ilegales en este país en su reciente visita a México, – enfrentando el bombardeo de un inquisitivo grupo de periodistas – respondió que no solamente eran mejicanos sino muchos otros grupos, como irlandeses y polacos, los que se encontraban en espera de su legalidad, ignorando que sesenta por ciento de los ilegales provienen de ese país.  Su referencia a las otras nacionalidades europeas parece haber sido sacada de los libros de ciencias sociales que el presidente leyó durante la secundaria y que de hecho se refieren a etapas previas de la historia norteamericana. 

 

Resulta contradictorio que, mientras el presidente Obama desconoce algunos problemas sociales en casa,  opine acerca de los derechos y libertades de los ciudadanos de otros países.

  

La conocida doble moral norteamericana, bajo la premisa de la libertad, somete a la población al servicio de un Estado autoritario y policial donde sólo existe la libertad de consumo, la competencia desleal y el monopolio de los servicios. El efecto de la repetición constante de este valor ha dado como resultado la actitud sumisa y pasiva de sus pobladores que están persuadidos de ejercer plenamente sus libertades individuales, mientras que el racismo, la xenofobia y la discriminación continúan carcomiendo sus cimientos.

 

 

 

Posteado por: eduardocatalan | Octubre 18, 2009

Un sueño americano

Anoche recibimos la visita de mi  suegra y mis cuñadas. Mi sobrina la menor nos deleitó con sus ocurrencias y travesuras. Mi esposa disfrutó hasta tarde conversando con todas hasta que la bebe, muerta de sueño se aburrió de tanta cháchara obligándolas a despedirse.

 

Como  cada noche, antes de acostarnos  tomamos un café con leche y algunos bocadillos. Prendimos la tele y revisamos varios canales, pero el sueño nos vencía. Entonces, decidimos apagarla y ponernos a dormir. Afuera silbaba el viento y los golpes que daba la puerta del jardín contra la cerca me forzó a salir a asegurarla.

 

Cuando regresé mi esposa dormía profundamente. Me acosté a su lado para unirme junto a ella con Morfeo, pero el viento  seguía moviendo afuera cosas y me levanté otra vez para asegurarme por si algún merodeador rondaba cerca.  Comprobando que me encontraba seguro regresé a la cama.

 

Intenté dormir  pensando en mi gorra kaki que todo el día había buscado sin éxito. Repasaba mentalmente todos los lugares por donde creía haberla visto la última vez. De súbito, un ruido en la puerta de calle me sacó de un salto de la cama.

 

Se trataba de un hombre que había logrado introducir medio cuerpo por una rendija y que, al parecer, pretendía  entregar una mercadería que nosotros, según dijo, habíamos solicitado.   Le dije que nunca habíamos ordenado algo y que esas no eran horas de entregar nada, además. El hombre sonreía insistiendo en lo mismo mientras me mostraba una guía de remisión en donde sólo pude leer una palabra: Oklahoma.

 

El  tipo vestía una camiseta amarilla con letras azules grabadas en el pecho,  pero no pude  distinguir lo que decían. De pronto, noté que ya había logrado meter algunas cajas por la ranura estrecha por donde asomaba el torso. Indignado lo amenacé con llamar a la policía de inmediato sino desistía de su locura. Dicho esto, el tipo se echó a reír y en el acto, no sé cómo lograron entrar más sujetos uniformados como él y que, ignorándome, comenzaron a colocar cantidades de cajas por toda la sala.

 

Yo insistía con llamar a la policía, pero o no me escuchaban o lo que decía les era indiferente. Para entonces, mi esposa se había levantado con tanto alboroto. Ella,  feliz, admitió haber pedido todo eso por catálogo y empezó a chequear una por una junto con el hombre cada caja.

 

La gente que estaba con él comenzó a multiplicarse y a recorrer con desfachatez cada rincón de la casa. Entre el grupo había varias mujeres que propusieron celebrar en parejas descorchando una botella de vino. Yo estaba indignado. Pero mi esposa sonreía feliz abriendo las cajas que chequeaba junto con el tipo.

 

Se trataba de un montón de muñequitos. Miniaturas baratas de fabricación china que  curiosamente vestían coloridas túnicas con las  banderas de países latinoamericanos. Había cantidades de ellos. Dejé a mi esposa en esa tarea tan absurda y fui a la habitación donde parte del grupo vestido de amarillo veía televisión recostados en la cama. Pero continuaban ignorándome.

 

Cuando regresé a la sala se había armado una fiesta a la que se habían unido tamnién mis cuñadas y un montón de parientes y amigos que  no veía hace tiempo . Una mezcla variopinta de personas: travestís, negros, andinos… Que bailaban con los muñequitos al ritmo de una música que no lograba oír con claridad.              

 

De un grito le pedí a una de mis cuñadas que  llamase de inmediato a la policía. Como por arte de  magia, cuando ésta empezó a digitar los números del 911 los sujetos de amarillo, comenzaron un por uno a desfilar en silencio hacia la calle. Uno de ellos, con barba y lentes pequeños arrojó sobre la mesa del comedor mi billetera con todo su contenido intacto. La música cesó y toda esa extraña concurrencia enmudeció palideciendo. Afuera, el viento soplaba con fuerza moviendo y golpeando puertas con violencia.

 

Así estábamos mirándonos unos a otros hasta que el aullido de las sirenas de los carros patrulleros aproximándose obligó a todos a  esconderse por los rincones de la casa. Los pequeños muñequitos eran demasiados para pasar desapercibidos y se atropellaban unos con otros despavoridos buscando un escondite. De pronto, un silencio sepulcral heló la sangre a todos.

 

En el acto un proyectil incendiario atravesó uno de los  vidrios de la ventana seguido por  otros más y el fuego se diseminó consumiedo todo. Las cortinas, los muebles, los adornos empezaron a arder. Cuando me asomé por la ventana había tres cruces encendidas clavadas en el pasto y los hombres de amarillo junto con la policía lanzaban los proyectiles incendiarios profiriendo improperios y consignas racistas. Los muñequitos perecían entre las llamas derritiendo su plástico barato por todos lados. Y los demás nos asfixiábamos entre el humo y el fuego.

 

De pronto desperté agitado y empapado de sudor. En el acto, me aseguré comprobando  que mi mujer dormía plácidamente a mi lado y que todo había sido un sueño ¡Terrible! Por supuesto, pero finalmente un sueño. Intenté dormir nuevamente,  pero la sensación angustiante que había dejado aquella pesadilla en mi  pecho me sacó de cama con la necesidad de escribirlo de inmediato. No suelo recordar nunca lo que sueño, pero éste creo que no voy a olvidarlo jamás.

 

Mientras pasaba café y encendía mi ordenador, una extraña huella enlodada en el piso de la sala llamó mi atención. Me disponía a revisarla cuando explotó ensordecedora la alarma del auto del vecino. La sensación angustiante con la que me había despertado regresó de pronto. Me asomé a la ventana temblando. Mi vecino intentaba  apagar  la alarma de su auto mientras llamaba a la policía reportando un robo seguramente. El auto con las puertas abiertas, tenía un vidrio roto en una de las ventanas laterales. Al momento, un par de carros patrulleros hicieron su aparición.  Las luces rojas y azules penetrando en mi salón, me intimidaron y cerré las cortinas. En el acto, me ocupé en lo mío.        

        

Reblog this post [with Zemanta]
Posteado por: eduardocatalan | Octubre 8, 2009

Adán y Eva

 

Extracto de la novela “La cola del diablo”

 

 

La conocí la tarde que regresaba caminando de la casa de mi amigo Mario. Mi mami, me daba para el micro, pero a mí me gustaba ir a pie. Así me quedaba con los dos Soles del pasaje y me compraba un chiste. Tenía un montón ¡Hasta para regalar! Me los leía rapidito, me gustaban los de terror, los de epopeyas, los de piratas. De Batman también. De Superman no me gustaban tanto ¡Bien sonso Superman! Al Aníbal le gustaba Superman, pero al Edie no, igual que a mí. Pienso que mejor es Súper Niña, que la ayuda su perro Kriptón ¡Pero todo es mentira! Sí, pero el Aníbal y el Edie se las creían todas. Eran vivos para algunas cosas nada más, pero sonsos para otras ¿cómo va a existir Superman? Por eso más me gustaban las históricas, las que trataban de gente que sí existió como el Zorro. Aunque el Edie se ría. Por eso me decía el Zorro a mí. Tremendo cholazo ¿acaso yo le he digo así, a él? ¡Bien confianzudos son los cholos! ¿No? A dos cuadras ya los había reconocido. Siempre se ponen la misma ropa, creo que ni se la sacan para dormir. Aníbal dice que cuando su papá gana en los caballos se los lleva a ducharse a los baños públicos del mercado ¡Aj! ¡Puros hongos! Pero ellos nunca piensan en eso. Llevan sus sayonaras y su jabón Camay envuelto en papel de cuaderno y se lavan con él hasta la cabeza. Los cholos no usan champú. Por eso tienen tremendos trinches. Allí estaban en esa esquina tan lejos de su cuadra. Me pareció que recogían basura. Pero conforme me fui acercando me di cuenta que, ¡Sorprendente! Aníbal y Edie expurgaban una inmensa ruma de libros ¡Ellos, que solamente leen chistes! A un costado, arrimados contra la pared de la esquina había también un par de baúles reventando de ropa, muebles viejos con más libros junto a una lámpara de pie. Colgando de una sombrerera había un paraguas negro, un bastón con empuñadura de marfil y un llamativo plumero verde limón ¡Todo eso en plena esquina! Con seguridad eran las pertenencias de alguien muerto que ya nadie daba valor. Una niña, todavía con falda de uniforme a esa hora de la tarde y casaca blue Jean encima, seleccionaba a su lado con gran interés  un grupo de libros.  El par de hermanos, avergonzados no decían nada y eso que eran bien fastidiosos. La chiquilla tenía puestos los lentes y les había mandado buscar la segunda parte de un Alicia en el País de las Maravillas en inglés ¡Nunca lo iban a encontrar los cholos, pues! El cuento era en blanco y negro, recontra tétrico ¡Daba miedo! Y ella, lo revolvía todo obsesionada, con tal seguridad, como si verdaderamente supiera que allí estaba la otra parte del cuento. Me puse nervioso cuando me detuve, pero me controlé. El Edie me dijo lo que estaban haciendo y la chiquilla me miró de reojo. Entonces me uní interesado a la búsqueda y de puro lechero lo encontré al primer intento. Se titulaba“Alicia en el País de los Espejos”. Yo tampoco sé inglés, pero tengo una idea, en cambio, los pobres de Aníbal y Edie, que no conocen más allá de los Superamigos, se pasaron el rato preguntándole como idiotas por cualquier libro que agarraban. “¿Este no será, amiga? ¿O éste?” ¡Hasta le preguntaron por las revistas Life! ¡Qué chunchos!  Ella se puso tan feliz que me sorprendió con un beso. En la mejilla, claro pues. El Edie y el Aníbal se quedaron cojudos (yo también)  Más cholos que nunca, se arrinconaron y se agarraron un rato a patadas. Ya no me hablaron. Yo aproveché y me recogí un montón de libros antiguazos. De la creación del mundo y la verdadera historia de Adán y Eva, de los Rosacruces y los Masones. Una cantidad de lectura que me pareció misteriosa, secreta. La chiquilla me observaba con suspicacia, como si estuviera evaluándome y yo me moría de vergüenza. Cargamos libros cuadras de cuadras junto con el plumero, el bastón y el paraguas. La niña se llamaba Alicia, de allí su insistencia por encontrar el cuento. Teníamos la misma edad,  pero ella era media cabeza más alta que yo. Con sus lentes se veía  enigmática, pero también interesante. La “Agente Noventainueve”, a veces usaba los suyos y me gusta. Me preguntó por mi signo y yo, un bruto, ni siquiera estaba seguro de cual era. Ese día entendí recién por qué era un Géminis, mi mami me lo había dicho pero nunca lo había tenido tan claro como entonces. Alicia,  me habló del Zodíaco y de alguien llamado Zoroastro que lo inventó. Alicia creía también en el destino. Conversamos de muchas cosas que sólo había escuchado hablar a mi mami con los grandes. Cuestiones que jamás me habían preocupado y de las que entonces me hubiera encantado saber más, para no quedar tan tonto. En cambio ella tenía tema para rato ¡Era muy inteligente! ¡Y yo un tonto! Tenía su boca gordita, los cabellos negros, abundantes y brillosos. Me habló de fútbol, pero a mí el fútbol no me interesa. Al toque cambió de tema y miró los libros que tenía en la mano y me dijo que Adán y Eva nunca habían existido. Que los habían inventado en la antigüedad para que la gente entienda algunas cosas ¿Entender, qué? ¿Acaso no estaba todo claro? Que ahora eso daba risa, continuó ¿Cómo le podía dar risa la religión? Alicia no le tenía miedo a nada, ni a los perros, como yo. Tampoco le temía a los fantasmas, pero me contó que jugaba con sus muñecas y que le encantaría poder meterse dentro del espejo y entrar en otras dimensiones ¡Qué tal imaginación! Alicia no vivía tan lejos de mi casa, así que, la acompañé hasta la puerta de la suya.  Esperé un rato en el murito y me regaló cocadas para el camino y cuando se hizo de noche nos despedimos. Me hizo adiós con la mano, no me dio otro beso.  Era un hecho que no me lo había ganado. Mi mami ya estaba esperándome en la puerta del edificio. De tanta preocupación parecía que quería matarme. Me di cuenta, la conozco bien. Pero hace tiempo que no me tandeaba por las puras. Desde que mi hermanita…,  en fin.  Crucé la pista y lo primero que me dijo fue que me deshaga de toda esa basura. “¿Libros viejos? ¿De qué enfermedades contagiosas estarán cargados?… ¿Cómo era posible?… ¡Sabiendo!… ¡Que bruto!…”. Lo tiré todo en la esquina, sólo arranqué algunas páginas con dibujos del Cosmos y de la Creación. Lo demás, incluyendo el bastón, se fue a la basura “¿De qué muerto será?…”, dijo mi mami espeluznada. Por suerte, Alicia se quedó con el plumero y el paraguas. Mi mami me desinfectó las manos con alcohol y por si acaso me dio una pastilla para la alergia.  En la noche me dio tos y le echó la culpa al polvillo que botan los libros viejos. “¡Allí está pues! ¡Una sabe por qué dice las cosas!…”. Yendo y viniendo, renegaba buscando un Efilin en el botiquín.

 

Pasaron algunos meses para que vuelva a encontrarme con Alicia. Muchas veces estuve tentado de pasar por delante de su casa pero me moría de vergüenza. Pensaba  que estaría en su puerta o sentada en el muro y al verme, no creería cuando le dijera que pasaba sólo de casualidad por allí. Mirándome con sus ojitos curiosos,  sonreiría y me haría sentir como un tonto. No sé por qué hace que me sienta así. Yo juntaba figuritas del álbum “Mi Perú” y me iba a comprarlas hasta el quiosco de los Carhuallanqui ¡Bien vivos! El Moroco Topo, desde chiquitos los mandaba al Muñeco De Bruja y al Alemán a abrir los sobres de cromos y ordenarlos numéricamente. Después, el vivo te pide hasta dos Soles por las figuritas más buscadas. A mí me faltaba la cuarenta y siete para completar la primera parte del álbum, la segunda todavía no había salido a la venta. Era el retrato del Virrey Amat y Juniet ¡Ni los Carhuallanqui la tenían! En mi colegio muy pocos la consiguieron, al principio salieron unas cuantas, nada más.  Los chiquillos del salón decían que se podía conseguir fácilmente en el Mercado Central, pero yo no tenía con quien ir hasta allá. Mi mami dice que si me voy solo puedo perderme, que los gitanos pueden robarme y luego venderme como esclavo ¡Más exagerada! El Aníbal me dijo que en el quiosco que está frente al parque de la Luna vendían también figuras sueltas, pero ninguno quiso acompañarme hasta allá. No importa, para que después se estén agarrando a patadas y tirándose piedras por todo el camino ¡Esos juegos tienen! Caminé unas cuadras fuera del barrio, felizmente no hay perros por allí. Cuando llegué, el bendito quiosco ya estaba cerrado. Le metí un puñetazo a la madera y entonces me dio un acceso de tos. Había caminado rápido y el sudor se me secó en el cuerpo. Mi mami dice que eso es lo me enfría y provoca la tos. Si me concentro puede pasar… Es cuestión de “botar la flema”, dice el doctor Rivero Avilés… De pronto la vi, no sé de dónde salió. Estaba con ropa de calle, sin lentes, con el pelo suelto y traía una bolsa de pan francés caliente en la mano. “¿Estás bien?”, me preguntó. Al instante mejoré de pura vergüenza y entonces me di cuenta que justamente estaba enfrente de su casa y en circunstancias parecidas a las que me había imaginado. Pero en este caso Alicia sí me creyó, todo le pareció normal y se alegró de verme. La vi un poco extraña, diferente, seguro porque estaba sin lentes. Creo que tenía aretes y no le quedaban mal. Como un tonto, no podía despegar la mirada de la bolsa del pan hasta que hizo un gesto como despertándome y me preguntó si quería tomar lonche con sus abuelos. Le respondí que sí, pero me sentí raro, como un niño idiota come-pan. Alicia me pareció mayor que aquel día y me intimidé un poco. Su falda escocesa y sus mocasines con taquitos le quedaban perfectos. Nunca me había fijado lo bien que quedan los mocasines con taquitos ¡Bonitos se ven!  Su casa olía a humedad, a libro viejo. No era desagradable, no.  Es que mi bronquitis asmatiforme de tipo alérgico, me provee de un sensible detector de pureza ambiental. Sentado en ese sofá oliendo a muchísimos años, rodeado por todos esos cortinones de terciopelo y libros por todos los rincones, me faltó la respiración y me entró una tos terrible. Fue un ataque de los graves, de los que me dan por las noches. Necesitaba escupir urgente, “botar la flema” y me moría de vergüenza, me asfixiaba además. Alicia se asustó y su abuela descorrió las cortinas levantando más polvo todavía, pero por suerte, abrió las ventanas. Al rato se apareció el abuelo, un hombre altísimo, un gigante se diría. Delgado, con un guardapolvo caqui encima, traía todo un equipo en la mano para darme oxígeno.  Luego de aspirar un par de veces aquel  elemento, me recuperé al instante. Lo peor fue que tuve que expectorar cantidades de flema delante de extraños, nadie me había visto así. Mis ataques eran un asunto personal, algo tremendamente íntimo entre mi mami, la flema y yo… ¡Me dio tanta vergüenza! Pero a ninguno de los tres le importó y su abuela vació al inodoro un par de veces el lavatorio llenito de flema. Desde entonces, ese gigante de ojos penetrantes pero inmensamente bondadosos, me trató como si realmente me hubiese salvado la vida. Y creo que lo hizo. Dice el doctor Rivero Avilés que un ataque severo de asma puede llegar a ocasionar un paro respiratorio y con ello la muerte. El domingo siguiente, Alicia, su abuelo y yo entramos felices al convento de San Francisco para visitar las catacumbas ¡Más alergia! Pero he quedado impresionado de por vida. De paso fuimos hasta el Mercado Central y conseguí la tan codiciada figurita número cuarenta y siete. Su abuelito nos invitó lonche en la Virreina y nos regresamos en taxi ¡Bien bonito el paseo! A mi mami le dije que había estado en la casa de mi amigo Mario y me creyó. Don Ideal era un iluminado, un filósofo, un escritor, un científico, metafísico, un teólogo esotérico, un alquimista ocultista, un profeta espiritista, un hombre comprometido con la Humanidad, con el proceso social y con la moral de su época. Nació en Argentina y pertenecía a una familia de ilustrados y de poetas.  Tenía más de una decena de libros publicados, todos acerca de la moral, las pasiones y las virtudes. Había hecho un análisis comparativo de los mandamientos de Moisés  y los de nuestra era. Su mayor logro era haber encontrado la ubicación exacta del alma en el cuerpo humano. Demostraba sus teorías en un ensayo extenso donde relacionaba el destino de la Humanidad no sólo con el cosmos y la reencarnación sino también con las leyes psíquicas y morales de la sociedad. Afirmaba que el hombre encontraba en el interior de su cuerpo los medios necesarios para alcanzar el placer intelectual: la expresión suprema del alma. Había construido un par de habitaciones en la azotea de su casa. Una era su laboratorio. Allí guardaba sus alambiques y muchos otros aparatos incomprensibles con los que se pasaba midiendo la vida. En la otra habitación tenía un estudio idóneo, lleno de ingeniosos recursos, fabricados por él todos para facilitar el aprendizaje. Allí instruía minuciosamente a su nieta. Según él, la nutría de ciencia y de saber. Alicia hacía sus tareas escolares rodeada de todo esto, por eso sus apreciaciones con respecto al entorno, siempre iban más allá de lo que sus profesores esperaban de una niña de once años. Alicia tenía una madurez emocional sorprendente. Sólo era una niña cuando se lo proponía, sobre todo, siempre  que estábamos juntos.   

 

Alicia llegó con su abuelo justo cuando la Julia iba a servirnos el almuerzo. Tocó despacito la puerta y preguntó por mí sin acomplejarse. La Julia se quedó cojuda aguantándose la risa ¡Madrina, lo busca una chica grande! Dijo la rajona, como si fuese asunto suyo. Mi mami corrió para aguaitarla detrás de la cortina. Se puso seria y cayó recién en la cuenta: “¡Claro! Ya sabía yo. A mí, conque estoy donde mi amigo Mario, ¿no?…” ¿Qué estaría imaginando mi mami?  ¡Qué bonita es la chiquita, madrina! Insistía, la metiche de la Julia ¿quién le había dado vela en ese entierro? ¡Vaya usted a la cocina, nomás! Pero tengo que confesar que a mí también me había sorprendido. Yo le escribí mi dirección pero no le expliqué bien cual era el departamento ¡Y aquí estaba con su abuelo y todo! Nos demoramos en abrir porque mi mami siempre piensa que la casa está hecha un desorden y sequísima con la Julia, en un segundo se puso ella a ordenarlo todo. Yo, por supuesto, corrí al baño a lavarme la cara, los dientes y me peiné con el fijador de mi papá. Si hubiera podido me afeitaba, también. Pero después me arrepentí ¡Qué tonto! No sé por qué hice eso, fue un acto irreflexivo. Como si toda la vida lo hubiese hecho antes de salir a la calle. Así que, como un experto, apreté el tubo y me engominé la cabeza. La gorda Julia nunca olvida ese día. “Eddie Monster… Eddie Monster…”, no paraba de decir muerta de risa. Siempre que me encuentro con ella, sus cejitas delgaditas continúan burlándose de mí ¿Por qué no lo olvida? Alicia fue la única que entendió mi error, ese acto fallido causado por la sorpresa de verla. Porque un día ella misma me dijo que, si quería, me podía echar gomina, pero no tanto. “En la montaña, se ve bien bonito…” y esa noche no pegué el ojo haciéndome millones de montañas y montañitas engominadas. Don Ideal se presentó extendiéndole su mano descomunal a mi mami. Era gigantísimo. No cabía en nuestros muebles modernos para departamento y a la Julia se le quitó la risa de la impresión. Ni el Huachano, que es otro  gigante. Entre sus dedos, la tasita de café que mi mami le sirvió parecía de juguete. Pero don Ideal le agradó muchísimo a mami. Conversaron de la situación económica, que cada día empeora más. De la desgracia que era vivir durante años en permanente estado de emergencia, con toque de queda y sin garantías constitucionales. Renegaron de los privilegios que gozaban los militares y sus familiares… Este era el tema que los adultos tocaban en la intimidad de sus hogares ¡Nunca en la calle! Afuera había que fingir y estar de acuerdo con todo ¡Daban miedo los uniformes! Pero bajo techo, la gente se pasaba horas hablando bajito, protestando asustaditos. En la casa de mi amigo Mario era igual. En la de mis tías, también. Entonces, no entendía mucho, pero me daba cuenta que las cosas estaban cambiando. Por miedo nadie quería decir lo que pensaba. Don Ideal había venido para invitarme el jueves próximo, cumpleaños de Alicia, al observatorio planetario del Morro Solar. Dónde el ilustre doctor Estremadoiro, científico, astrónomo y colega suyo nos mostraría -como un regalo de cumpleaños para Alicia – las constelaciones y los planetas. También, le había prometido que bautizaría una estrella con su nombre ¡Alicia no cabía en su pellejo! Don Ideal no quería ir sin mí y había venido a pedirles permiso formalmente a mi mami y a mi papi. “Y de paso, aprovechar para conocerlos…”, le dijo con su voz de profeta. Ya he dicho que desde mi ataque de asma en su casa, el gigante me había agarrado un camote especial. No sé por qué se le había metido en la cabeza hacerme su discípulo. Se lo había dicho a Alicia. Pero ella, igual que yo, veía tan difícil de alcanzar eso. El anciano no quería que mi mami se preocupara por mí. Como sabía de mi asma y en el Morro Solar corre viento fuerte, le aconsejó que me proteja bien. Por su puesto, que mi mami se enteró del ataque que  me dio en la casa de Alicia y con disimulo me clavó una mirada de ya vas a ver nomás, mentiroso… Pero don Ideal era tan entretenido que la distrajo. El viejo filósofo también tenía sus teorías acerca del desarrollo humano y la prosperidad. A mi mami que le encantaba ese asunto, lo escuchaba embobada. Le explicaba que como estaba la situación, cualquier método para encontrar sosiego se volvía complejo. Porque vivir era una tarea sabia que no terminaba con la muerte, sino que, continuaba con la reencarnación en otra nueva, tal vez superior… Una existencia que podía significar un premio o, tal vez, un karma enorme. Eso dependía de cómo uno se comporte en esta dimensión. Mi mami soltaba lágrimas de emoción. La dejamos saciándose con la sabiduría de aquel gigante y nos fuimos para mi cuarto. Felizmente todo estaba en orden. La Julia lo tiene bien arregladito ¡Qué hacendosa! Le enseñé a Alicia todos mis chistes. Saqué mi Yo-Yo de Coca-Cola, mi vieja paleta pelota Kolinos, mi veterano Bati-casco de Ña Pancha, el peligroso tic-tac de Ace Palmolive, que manejó con destreza sin darse en las manos ni una vez ¡Yo no podría! Le enseñé de todo ¡Hicimos un desorden! Pero lo que más le atrajo fueron los viejos tomos del Tesoro de la Juventud que mi papá un día se trajo de la casa de mi abuelito y que, francamente, nunca he revisado. Alicia se paró en la cama, bajó uno de la repisa y se puso a leer algo interesadísima. Tanto, que empecé a aburrirme. Pero, como siempre inteligente, al instante se dio cuenta y me pidió disculpas con la más dulce sonrisa del mundo. Antes de que me pusiera más rojo de vergüenza, corrió y de un salto estuvo  dentro del cuarto de mi hermanita ¡Fue imposible detenerla! ¿Cómo le decía que mi mami tenía terminantemente prohibido entrar en esa habitación? La encontré frente a la cuna, reflexionando como un adulto. En su frente de niña se formaban unas arrugas que todavía no le conocía. Pero Alicia asimiló con calma la presencia de mi hermanita. Se tomó su tiempo, no se apresuró para emitir un juicio. Al contrario, se sobrepuso rápidamente. Y mientras buscaba en su interior una disposición apropiada para continuar hablando conmigo, le dio una mirada exhaustiva al cuarto, a los santos de la Julia, a la cuna, a cada detalle que la rodeaba. Era un hecho que no había venido preparada para algo así ¡Estaba impresionada! Lo sentía en su respiración acelerada, mientras sus manos delgaditas apretaban la baranda de la cuna… ¡Me moría de miedo! Todos los que han conocido a mi hermanita -después de su enfermedad-, creen que pueden contagiarse o que somos una familia de fenómenos… En fin, lo que se les ocurra creer,  pero nunca más regresan. Y por eso es que mi mami no quería que le cuente a nadie de mi hermanita. Mi mami tiene mucho cuidado con “el qué dirán” ¡Le preocupa una barbaridad! Mis temores se desvanecieron de inmediato cuando Alicia me preguntó el nombre de mi hermana, como si se tratara de una situación normal que alguien se encuentre a los trece años acostado en una cuna, privado de las facultades de hablar, de controlar sus evacuaciones y de valorar su entorno. Se llama Liliana, pero le decimos Lili, tartamudeé ¡Fue increíble! ¡Por Diosito que fue un milagro! Cuando Alicia pronunció su nombre, mi hermanita rió y aplaudió como nunca lo ha hecho. Ella profería sólo gritos de amargura, de aburrimiento y de necesidad. Pero ahora reía y aplaudía con Alicia que le cantaba el Globo Rojo de Los Tíos Queridos ¡Qué escándalo! La Julia y mi mami entraron al cuarto corriendo, pensaron que otra vez algo horrible había sucedido ¡Qué felicidad! Liliana reía dando aplausos y todos la animábamos cantando con Alicia  ¡Qué increíble! ¡Las lágrimas se nos salían! Mi mami le contó a don Ideal lo duro que había sido todo el proceso de su enfermedad. Cómo hasta ese día, mi hermanita nunca había tenido un momento de paz. Con nadie había logrado sentirse contenta. Es más, el rechazo hacía nosotros crecía a diario, lastimándonos peor. Con quien mejor se llevaba era con la Julia. Pero nunca se ha carcajeado así madrina, dijo la gorda. Don Ideal se ofreció, si mi mami estaba de acuerdo, para hacerle una “imposición de mano”, una práctica antigua que había aprendido durante su juventud. Eso le iba a ayudar a relajarse, a aceptar su nueva existencia y a esperar su justa y segura recompensa en la siguiente vida. Dijo que mi hermanita, era el mejor ejemplo del karma. Pronto sería un ser superior y evolucionado. Esta etapa era solamente algunos segundos de prueba en otra dimensión y que, ella, ya había sido elegida para pasar a una vida plena, a la armonía total del cuerpo y el espíritu: a la mente sabia. Mi mami se quedó perpleja. Fue tremendamente positivo para ella ver desde esa perspectiva la tragedia que hasta entonces vivía con mi hermanita. Aquella tarde, todos aprendimos mucho y mi  hermanita cambió un montón. Don Ideal le puso su mano gigantesca sobre su cabecita y se quedó así un largo rato, seguramente, vagando por todas las existencias que Liliana había vivido anteriormente… No sé en realidad qué fue lo que hizo, pero desde entonces Liliana se ha tranquilizado para siempre. Realmente don Ideal le ayudó a aceptarse tal y cómo es. Mi papi dice que esas son cojudeces y que él la sigue viendo igualita ¡Claro, si nunca está! Pero nosotros sí  notamos el cambio y hemos empezado a comunicarnos más efectivamente con ella. Con el tiempo, aquellas carcajadas se han convertido en articulaciones que distinguimos con emoción como reales muestras de afecto. Gracias a Alicia mi hermanita ríe otra vez ¡Es increíble cómo reconoce su voz desde lejos! Se muere de nervios por que se le acerque ¡Pobrecita! Y Alicia es muy buena. Le ha enseñado a comer chicle, fruna, caramelo de limón… La tiene de la mano hasta que se queda dormidita de contenta. La intempestiva visita de Alicia y su abuelo cambiaron para siempre el ambiente en mi casa. Nunca más nos hemos avergonzado de mi hermanita ni la hemos considerado como a un fenómeno al cual esconder. Cada vez que tocan la puerta, abre sus ojotes ilusionados pensando que tal vez es su nueva amiguita ¡Qué bien que le ha hecho conocer a Alicia! Don Ideal también se ha convertido en un asiduo visitante de mi casa. Don Ideal con su talla de Gulliver causa una conmoción tremenda en el barrio. La Julia dice que los chismosazos lo miran por sus ventanas con descaro, todos dejan sus actividades para darse un tiempo y experimentar la presencia de aquel gigante, que es de verdad una  rareza, por decirlo así. Le han puesto Cristóbal Colón, desde que se lo gritó por la ventana el loco Memo, el mongolito que vive en el quinto piso y que jamás dejan salir porque tienen miedo que se pierda.  Don Ideal no se parece a Cristóbal Colón, pero así de inalcanzable lo ven ¡Todo un personaje!

 

 

Posteado por: eduardocatalan | Octubre 3, 2009

Crónicas desde el Frenopático

Habían pasado un par de años, pero las calles continuaban tal cual las dejé al irme. La panadería, la bodega, el quiosco de periódicos, la lavandería… Todo seguía intacto. Los chiquillos de la esquina habían crecido, algunos perfilaban bigotes y a otros les había cambiado la voz. Pero yo, todavía parecía un  niño. 

 

Al juzgar, habían dejado atrás las bolitas, las cometas y el trompo. Ahora compartían cigarrillos y se corrían a escondidas la botella de guinda. Conforme me acercaba a la esquina, las diferencias entre ellos y yo resaltaban con mayor claridad.  Los cabellos largos, los zapatos de tacón y los pantalones acampanados, daban a sus figuras alargadas un aire de modernidad. Contrastando de una forma exagerada con mi atuendo de seminarista.

 

Nadie había ido a recogerme y tuve  que caminar cargando al hombro, mi viejo maletín azul que me había acompañado durante toda la primaria. Hasta entonces, nunca me había preocupado por mi apariencia física. Era gordito, cabellos cortos con gruesos lentes de carey y todavía usaba aquellos pantalones de casimir pasados de moda de cuando me fui. Mis zapatos domingueros, se habían deformado y mi camisa blanca del uniforme con las barbas del cuello enruladas empezaron a avergonzarme.

 

-¡Hola cura!

-¡Su bendición padrecito!

-¡Regálanos una hostia, santurrón!

 

Me sentí humillado, deseando que ese par de años que había estado en el aspirantado salesiano nunca hubiesen existido. Me arrepentí de haber estado ausente, de haberme alejado del barrio, de perderme de tantas aventuras y de desconocer toda esa jerigonza que manejaban y que los hacía parecer tan autosuficientes.

 

Uno de los mayores me arrancho el maletín y se lo pasó a otro del grupo que, abrió en el acto, desparramando mis ridículas pertenencias. Mis medias y ropa interior -bordadas con mis iniciales – rodaron por el piso. Lo peor fue cuando uno de ellos encontró mi libro de oraciones y mi colección de estampitas de los santos que tanto admiraba.

 

-¡Cura! ¡Cura!

-¡Mariconcito!

-¡Dale un trago al santurrón!

-¡Sí! ¡Que se haga hombre!

 

En mi vida había bebido alcohol, el primer trago incendió mi garganta, pasó quemando hasta el estómago y lo devolví en el acto, junto con el último desayuno que tomé con mis hermanos salesianos. Mientras recogía mis pertenencias, no fui capaz de contener el llanto,  cosa que atizó más la burla de todos. Mi cabeza explotaba, me sudaban las manos, todo era confuso. Allí mismo me arrepentí de haber dejado el seminario, extrañé a mis compañeros que, tan gentiles, habían grabado sus firmas en esa tarjeta de despedida, que ahora flotaba en un charco inmundo.  No estaba preparado para un recibimiento como aquel. 

                                                                 

                                                               2

 

El año que ingresé al seminario el golpe militar sacudió la insegura economía de mi hogar. Mi padre, entonces se dedicaba al negocio de la importación de artefactos electrodomésticos y lo perdió todo de la noche a la mañana. El toque de queda, los soldados paseándose en tanquetas por las calles y los comunicados oficiales -que transmitían cada nada por la tele-, creaban una atmósfera desoladora en el ambiente presagiado un futuro nefasto.

 

Los planes que mi madre tenía entonces quedaron truncos. Comprar la casa de sus sueños en otro barrio para dejar el departamentito del edificio en el que vivíamos, trasladarme a un mejor colegio que el parroquial de Magdalena, reemplazar los cansados muebles de la sala… Sus modestos sueños de ama de casa se destruyeron para siempre. Para colmo, volvió a quedar embarazada.

 

El terremoto y el aluvión que arrasó Ranrahirca, se añadieron trágicamente al desánimo. Hubo que cambiar a mis hermanas al colegio nuevo que las monjas de Santa María Eufrasia inauguraron entonces en Monterrico, debido a los daños ocurridos en el inmueble. Las nuevas pensiones del colegio, la movilidad escolar y todos los demás gastos que implicaron el traslado, asfixiaron peor nuestra economía.

 

Mi madre despidió a la empleada y nunca más le abrió a Goldenberg,  el judío que tocaba insistente la puerta cobrando las camisas importadas que usaba mi padre. Lo mismo fue con el dueño de la zapatería y las cuentas de la bodega y la farmacia. Cada golpe de puerta nos angustiaba estremeciéndonos de pánico. Esta sucesión de eventos agrietó la frente de mi madre, opacando para siempre el brillo de sus ojos.

 

Mi padre no se despegaba de la radio esperando oír la deposición del gobierno de facto. O alguna otra noticia que devolviera esperanzas a nuestra trágica realidad.                                                        

 

 

                                                             3

 

 

Aquellas vacaciones, no salí ni a la puerta. Cuando mi madre me mandaba a comprar a la bodega, los chiquillos de la esquina me acorralaban y me quitaban la plata y se compraban cigarrillos. Regresaba llorando a casa y mi madre me castigaba por ser tan zonzo. Mi vida se convirtió en un infierno. Extrañaba a mis compañeros del seminario y todos esos momentos infantiles que antes me parecieron tan ingenuos.

 

Cuando mi hermana mayor cumplió quince años, mi padre le hizo una gran fiesta con luces psicodélicas. Todos los chiquillos del barrio asistieron y esa noche me trataron como a uno más de ellos, me ensañaron a bailar rock lento, me dieron licor y por primera vez fumé marihuana.

 

El siguiente periodo escolar me matricularon en el colegio donde estudiaban todos los chiquillos del barrio. Moría por que mi cabello crezca. Pero sólo era cuestión de tiempo.  Insistí para que me compraran  zapatos de tacón y pantalones de uniforme con campana. Mi padre nunca me dijo no a nada.  Y, poco a poco, me fui pareciendo a los demás. Dejé de rezar antes de acostarme y  todo mi material religioso lo  tiré a la basura.

 

Antes de entrar a clases los chiquillos compraban licor y tomábamos a pico escondidos detrás de las tribunas que habían en el patio de recreo. Pero el trago me caía re mal. Y  cuando vomité sobre el pupitre del profesor Zárate, me expulsaron deshonrosamente. Reprobé aquel año. Entonces, todas las mamás de los chiquillos del barrio me declararon mala influencia, y les prohibieron a todos juntarse conmigo. Para colmo, los desleales les hicieron caso.

 

No me importó. Yo había hecho mis propias amistades con la gente achorada de los callejones y esto me alejó definitivamente de todos. Corroborando la  mala fama que  había adquirido.

 

Cuando las chicas del barrio hacían sus fiestas, me aparecía con todos esos malandrines y, por supuesto, que nos expulsaban en el acto. Mi cabello exageradamente largo y mis pantalones arrastrando por los suelos reforzaban todo aquello que ahora, con justa razón, hablaban tanto de mí.

 

 

                                                           4

 

Mi padre hizo nuevas amistades con un grupo de militares que lo colocaron de gerente en una conocida distribuidora de abarrotes y licores. Y cuando conoció a otra señora, dejó sola a mi madre con todos mis hermanos. Esto hizo que ella se deprimiera tanto que, ya ni se aseaba ni tampoco recogía el desorden de la casa. Nunca más le abrimos la puerta a nadie y yo, me inicié en la venta de la nueva la nueva droga que los militares pusieron de moda.

 

La pasta básica de cocaína fue la perdición y todos los chiquillos del barrio le entraron poco a poco. A mi madre ni le importó que la vendiera en la casa y cuando mi padre dejó de pasarnos la remesa, empezamos a vivir de eso.  La policía llegaba cada nada, pero mi madre les daba plata y nos dejaban tranquilos un tiempo.

 

Empecé a consumir la droga desmedidamente.  Hasta mi madre también lo hizo y cuando me llevaron preso, se quedó sola a cargo del negocio. Luego de un año me soltaron pero, ella, ya no dejó que entrara más a la casa y me quedé vagando por los barrancos del malecón. Seguía vendiendo, pero consumía todo lo que ganaba y nunca fue suficiente. Me dediqué a robar y la noche que le vacié la casa a mi madre, le di tal empujón que se rompió la cadera.

 

Ella también siguió vendiendo para  subsistir. Mis hermanas cayeron en lo mismo y cuando les faltaba la plata se prostituían junto con ella. Los vecinos las denunciaron y el dueño del departamento las echó a la calle y todas se fueron a vivir a un corralón cerca de la rotonda, justo detrás del bar donde paraban los viciosos del barrio.

 

 

                                                            5

 

 

Una década no es mucho tiempo cuando se vive alejado de la realidad, durmiendo en las calles, mendigando y robando para subsistir. La ciudad crecía mientras la vida pública recobraba la tranquilidad que prometían los gobiernos democráticos. Nunca supe más de mis hermanas. A veces, escuchaba hablar de mi hermano menor, pero éramos extraños. Mi madre se convirtió en una de las primeras víctimas del SIDA en el barrio. Un día apareció muerta cerca del malecón. Me enteré de ello cuando recogí un periódico inmundo para cubrirme.

 

Entonces, todos los recuerdos de la infancia regresaron a mi mente convirtiéndose en un tormento vil de culpa. La realidad empezó a  confundírseme con el delirio. Comencé a verla y a hablar con ella en cualquier sitio. Los transeúntes se me alejaban,  mi semblante apestado inspiraba temor evidenciando mi locura.

 

Una madrugada la culpa superó mi desgracia y decidí arrojarme al vacío. No tengo recuerdos de entonces. Cuando desperté en una cama clínica del frenopático, sujetado  por unas correas gruesas ni sabía quien era. No reconocí a mi padre. Era un señor que me visitaba con frecuencia y les dejaba propina a las enfermeras para que me cuiden.

 

No puedo precisar cuanto tiempo estuve así. Pero un día, regresaron todos los recuerdos y la pesadilla de haber arruinado mi vida y la de mis seres queridos, se convirtió en la peor de mis condenas. Llevo recluido doce años en este manicomio. Y a pesar que hace mucho me dieron de alta, seria incapaz de sobrevivir fuera de él.

 

De vez en cuando hablo con mi padre. Está viejito y se ha quedado solo. Su mujer se fue con otro y  me tiene sólo a mí.

 

A muchos de los chiquillos del barrio, ahora hombres, poco a poco los he visto desfilar también por aquí. A veces, conversamos. A los que nunca más he vuelto a ver, están muertos o cumpliendo condenas por consumo y tráfico de drogas. Lo único que puedo decir es que pertenezco a una generación maldita de drogadictos y de locos. Víctimas de las drogas. Una generación quemada cuya trayectoria por esta vida no ha significado nada.

 

Solo, abandonado a mi perra suerte, espero quedarme dormido para siempre, sobre este catre mugriento y que ahora es mi única pertenencia. Espero que no exista otra vida. No la resistiría.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

     

 

 

Posteado por: eduardocatalan | Octubre 2, 2009

El infierno de Candela

Posteado por: eduardocatalan | Septiembre 16, 2009

CHIGUACA Y CANELO

 

 

 

Canelo y Blanca Flor nacieron azules y es por eso que se quedaron en el hospital veinticinco días más conectados a su aparato, hasta que sus corazoncitos se desinflaran.  Sin embargo, esto no sucedió tan pronto como sus papás lo deseaban. Las expectativas que el doctor Rivero Avilés les dio de vida, fueron desilusionantes.

 

-Tal vez, unos seis u ocho años, no más, señora… -, dijo bastante optimista.

 

Desde entonces, la mamá se dedicó a cuidarlos como a un crisol. Con la dedicación de una santa, diría la parentela Del Carmen que estaba confundida por todo aquel asunto del color:

 

-¿Azul? ¿’Onde se ha visto eso, compay?…

 

El papá, un retaco macizo que andaba elegantísimo, vivía quebrantado. A lo lejos recuerdo que hasta organizó una fundación para ayudar a más niños azules en el barrio e hicimos colectas en el salón. Pero nada pudo evitar que la frágil Blanca Flor falleciera, tal y como lo anticipara su doctor. Sucedió cuando estábamos en quinto de primaria. El padre Trisoglio hizo una misa a la que asistió el barrio entero y por la tarde declaró que el viernes habría asueto por duelo en el colegio parroquial. Esta vez nadie se alegró de que suspendieran las clases… La muerte es un evento que cambia la vida de los que nos quedamos vivos… ¡Nunca olvidaré a la hermanita de mi compañero de carpeta!

 

Transcurrió toda una década para volver a encontrarnos. Interrumpió en plena clase de lógica, cosa que el chato Córdova jamás permitía, pero en el acto lo bautizó como Basilio y lo mandó a sentar. Así lo llamamos hasta que terminamos la carrera. Canelo se había quedado chiquito, como su papá y, realmente, estaba igualito al cantante. Su pelada brillante resaltaba unas inquietas bolas de carey que persuadían de todo. No le quedaba ni una ceja. Nos abrazamos cariñosamente y – mientras nos mandaba callar – el chato desgraciado, que siempre tenía la precisa, aprovechó para chantarme el mote de Chiguaca. Canelo me contó toda su vida en un minuto. Había mejorado. Su papá murió de un infarto y su viejita hacía lo imposible para que no le faltara su medicina. Ya no se hacía problemas. Jugaba fútbol, tomaba sus tragos, fumaba sus cigarritos, comía ají y era mujeriego.

 

-Claro que con mesura, hermanito… Pero no me privo, porque la vida es corta…

 

Siempre me dejaba con el nudo en la garganta. Pero Canelo era resistente.  Desde que llegó se convirtió en el delegado oficial del aula y se pasó todo el tiempo correteando a los profesores rogándoles por otro examen sustitutorio. Ya ni asistía a clases y la pasaba metido en las oficinas correteando ahora secretarias…

 

-A Basilio no le vas a decir que no, pues amorcito…

 

Y se las levantaba a todas. El negrito tenía su jale y donde ponía el ojo acertaba. Claro que no era casualidad que siempre se tratara de la chica encargada de pasar las notas en los registros o de cualquiera que pudiera influir en su favor. Fuera bonita o no, el Canelo la sacaba a pasear, se la presentaba a su mamá y luego pedía el favorcito.  Así llegó lejos. Se las sabía todas, mientras que no tuviera que sustentar sus monografías…  Siempre recuerdo la vez que nos llevó de paseo a todo el salón a la tierra de sus viejos para visitar a su parentela. Un viaje memorable por las borracheras que nos metimos durante días seguidos. Desde entonces no hubo quien le dijera que no al Canelo. Tenía comprada a la gente con sus zalamerías. Canelo ingeniaba criolladas audaces, pero era incapaz de memorizar un pequeño renglón siquiera.

 

Su nombre de pila era Timoteo Belleza y ser negro era un orgullo que cultivaba de familia. Zapateaba y cantaba de maravilla. Pero, tocando siempre con la punta de los dedos sus pastillitas que nunca movía del bolsillo de sus camisas.

 

-¡Qué corazón ni ocho cuartos! ¡Seco y volteado, Chiguaca!… 

 

No había fiesta de la que Canelo no saliera bien emparejado y con el alcatraz humeando. Cuando cursábamos décimo ciclo sorprendió a la clase con su matrimonio. Era una chica de ascendencia japonesa, que estaba de mírame y no me toques de lo enferma que lucía.   Era también paciente del doctor Rivero –su doctor de cabecera- y se conocían de toda la vida. Pero como la novia empeoraba, el Canelo, se propuso hacerla feliz hasta el día que expiró. Fue una muerte vertiginosa y Canelo quedó deshecho… Como un autómata, recibió su diploma y se largó a Miami.

 

-Allá la medicina está avanzada, hermanito… Si nos hubiéramos ido antes… – dijo taciturno al despedirse y otra vez le perdí el rastro.

 

Esta vez pasaron cinco años para encontrarnos nuevamente… Yo deambulaba por las inmediaciones de K’Mart   tratando de encontrar un trabajo de lo que sea, cuando escuché una voz familiar que gritaba a todo pulmón.

 

-¡Chiguaca!… ¡Chiguaca!…

 

-¡Basilio, carajo! ¡Hermanito de mi corazón!… ¡Negrito de mi alma!…

 

Nos abrazamos llorando. Para mí fue una gran suerte porque esa noche hubiera tenido que dormir  en la calle con mi mujer y todas las maletas que trajimos de Perú. Pero esa es otra historia. Canelo fue mi salvación. El negro, tenía una camionetita montada para lavar carros y no le iba tan mal. Decía que se reventaba los lomos de sol a sombra para pagarle al banco las letras, sino, se quedaba sin trabajo…

 

-Chambeo como un negro Chiguaca… -, me dijo apretándome fuerte.

 

Empecé con él con bastante optimismo. Canelo se había hecho una carterita de clientes de la que subsistía medianamente, pero la competencia empezaba a mortificarlo… Y realmente el negocio no daba para dos. Pero Canelo se sacrificaba y al final del día me sacaba de miso.

 

-Anda y cómprale un menú a tu mujer, Chiguaca… 

 

Canelo tenía un corazón de oro… Pero inmensamente frágil, muy frágil. Y yo me porté tan mal…  ¡Cuánto lo siento Canelo!…

 

Con frecuencia se  olvidaba y aceleraba el ritmo pero su incorrecto corazón lo obligaba a terminar el día anticipadamente.

 

-¡Chiguaca, en este país hay que trabajar, hasta que el cucharón aguante! ¡Pero la lluvia de miércoles! ¡Odio este clima!…

 

Ya no continuaba porque la presión se le subía.

 

-No es que no me importe, hermanito… Lo que sucede es que sin seguro… Fíjate, que lo he intentado, ¿ah? Pero ni bien descubren lo que tengo me chotean… ¡Pero estoy durando Chiguaca!…,- decía sin reflejo en los ojos cuando le preguntaba por sus pastillas.

 

Lo que más difícil se le hizo al Canelo fue dejar de ser el negrito divertido, el berenjena más popular de la facultad y todas esas cosas de las que se sentía orgulloso y tanto disfrutaba…

 

-¿Por qué olvidarlo hermanito? Imagínate que decir todo eso acá es prohibido y mi barrio esta lleno de negros…

 

Así que aprendí a llamarlo Timoteo. Pero más le jodía andar demostrando a medio mundo que era propietario de sus herramientas.

 

-Muy difícil es acá, hermanito… Muy difícil… – y continuaba trabajando resignado.

 

Como era de esperarse, el espejismo de la prosperidad nos obligó a separarnos del Canelo y hasta olvidarlo por un buen tiempo. Nos hablábamos por teléfono y quedábamos para encontrarnos algún día en especial…  Pero las mezquinas ambiciones nos dejaron sin tema de conversación y empezamos a competir en todo… No había noticia que él no hubiera visto ni rebaja que yo me haya perdido… Cuando me ampliaron el crédito recorrí nuevas tiendas y busqué personas más solventes para dialogar…

 

Claro que le contestaba las llamadas pero ya me caía un poco espeso… Es que me deprimía y, yo, a veces, estaba tan contento con mi última adquisición que me sentía interrumpido… Cuando me compré mi casa le perdí el rastro un par de años…

 

Hasta que una mañana, mientras me disponía  para ir de compras – para variar -,  mi mujer me alcanzó el celular y era Basilio.

 

-Mi hermano, estoy jodido, el banco me ha quitado todo y no tengo ni dónde vivir…

 

Me quedé helado.

 

-Canelo de mi corazón, en mi casa siempre tendrás un lugar…

 

Llegó jalando un montón de cachivaches que le rayaron todo el piso a mi mujer y que después me salió carísimo pulirlo y todavía se nota… ¡Pucha!

 

Lo acomodé en el cuarto que había designado para mi oficina. No me quedó otra… Entonces, yo repartía salsa de jalapeños  para una cadena de restaurantes, labor, que me mantenía por lo menos unas doce horas fuera de la casa. Era matador y regresaba con el trasero aplastado de tanto manejar.

 

Al principio, Timoteo – porque ahora era un activista afro-peruano y nada de Canelo ni berenjenas, carajo -, se dedicó a limpiarme la casa y a ayudar a mi mujer en la cocina. Preparaba platillos, gastaba ingredientes y los productos de limpieza se iban como agua y no salía a buscarse un trabajo… Yo sabía que se le veía mal y estaba enfermo. Pero, ¿qué tenía que ver con eso? ¿Acaso era su pariente? … Me daba pena, pero y, yo…  ¿Cuándo me va a tocar a mí?  

 

En este país no puedes ponerte a pensar en esas cosas… Lo que importa es uno y nada más…

 

Por último, ¿para qué se vino, pues? Además, no me gusta que un hombre, quien quiera que fuera, se quede en la casa a solas con mi mujer… ¡Eso sí que no!… 

 

Canelo partió para Colorado una tarde mientras me encontraba inmerso en un nudo en la autopista y no logré llegar a tiempo para despedirme… 

 

-¡Se me hizo tarde compadre!

 

De vez en cuando llamaba y se quejaba del frío y de lo horrible que se sentía estar sujeto a un sueldito de barredor de aeropuertos para tener un jodido seguro… Tosía mucho y luego colgaba. Empecé a vivir pendiente de sus llamadas… Lo sueño con frecuencia  correteando secretarias por los pasillos de la facultad… Con Blanca Flor en la entrada de la parroquia y también lo veo con su papá… Lo primero que pregunto al entrar en casa es por su llamada… 

 

-¿Qué habrá sido de ti, Canelo? Sabes, hermano, que contigo se fue lo último de Chiguaca  que quedaba en mí…  

 

Posteado por: eduardocatalan | Septiembre 11, 2009

La casa de Dios

http://autorneto.com/literatura/cuentos/la-casa-de-dios/

 “Cada mañana, decenas de infortunados hacen cola frente al portón trasero del templo aguardando la caridad que brinda el buen corazón del hermano José”.

Compartida a través de AddThis

Posteado por: eduardocatalan | Septiembre 1, 2009

Bajar Música

All White

 By Soft Machine

Posteado por: eduardocatalan | Agosto 28, 2009

TODOS NECESITAN UN TRABAJO (*)

 

   

 

Por: Eduardo Catalán

(*) Extracto de la serie SUNPASS

 

 “Llegado el momento, todos deben salir al mundo en busca de un trabajo. De una actividad económica que permita satisfacer las necesidades…”.  

 

Hoy en día, lograr una situación económica destacada, se ha vuelto una fantasía bastante popular al alcance del común de los mortales. Y, aunque a muchos les tarde toda la vida materializar esta hazaña, la mayoría prefiere continuar creyendo que el éxito, se encuentra al doblar la esquina.

 

Y todavía quedan lugares al sur de la Florida, donde las expectativas de trabajo continúan despertando las más descabelladas ilusiones. Extremidad pantanosa rodeada de mar caliente, cada año amenazada por devastadores ciclones, sin embargo y a pesar de la crisis, superpoblada de inmigrantes en busca de trabajo. Para algunos pocos, conseguir un trabajo es fácil.  Pero, para el común de los mortales, esta tarea es una permanente lucha incierta. A pesar de todo, la convivencia es posible. Y es que, secretamente, todos abrigan la ilusión de hacerse millonarios alguno de estos días.

 

 

                  

Piso once. El elevador se detiene. Irma da un suspiro profundo y se arroja decidida. Se contempla con atención en el espejo del lobby. Se humedece los labios con la lengua, abre grande la boca y pasa un par de dedos rápidos por las comisuras limpiándose el labial. Se nota hinchada. La noche anterior no ha bebido. Pero se siente segura con los zapatos rojos que se ha puesto. Rojos como su vestido y su calzón. Se acomoda el busto y avanza.

 

…¿Por qué me va ir mal?…

 

-Mira, mi cielo: Calela, por contrato, llega con su propia gente. Y con eso nada. Ya tú sabes…

-Cualquier otra cosita… ¿Qué tienes al medio día?…

-Irmita, te voy a hablar con el corazón en la mano. Por el momento, no tengo nada en los medios. Menos en televisión…

-¡No seas guanajo!

-Tengo otra cosa… Quizás te interese…

-¡Suéltala que hay hambre, mi negro!

 

 

El sol está rayando. Un avechucho zanquilargo hurga hambriento a orillas del canal. Armando detiene la camioneta frente a un trailer de cuatro oficinas y dos puertas. Un grupo de camioneros entra, firman su llegada y, en el acto, parten presurosos a montarse en sus volquetes. Transportan arena, asfalto e insumos para la construcción de carreteras.

 

En la hondonada un par de gigantescas palas mecánicas extraen pedernal, para montarlo en  los volquetes. Los camioneros hacen fila esperando su turno. 

 

Armando enciende un cigarro, lanza una enorme bocanada de humo gris y se dirige al trailer.  Un hombre inmenso con el casco plástico en la punta de la cabeza sale a su encuentro.

 

Una nube de guasasitas feroces atraviesa mortificando el ambiente.   

 

-¡Mi hermano!

-¡Consorte!

-¡Aquí no hay nada! ¿Ah?…

-¿Eso es lo que le parece?

-Brother, por aquí sólo hay lagartos…

 

El cielo ruge. A lo lejos unos relámpagos anuncian chubasco.

 

-Desde ahora, esta cantera será tu nuevo campo de acción… – vocifera el gigante quitándose el casquito- Tú, vas a llegarte aquí cada vez que la corporación lo pida… Vienes y recoges la orden… Tú consigues a la gente, en fin, ya tú sabes…

-¡Mi Hermano! ¡Hago lo que usted diga!… – contesta Armando, frotándose las manos…

 

Una bandada de loros chillones enfila en lo alto buscando refugio entre los escasos arbustos que la corporación ha dejado por los alrededores.

 

-Este negocio es bien variado, socio. Por ejemplo: a veces hay obras en las que tenemos que derribarnos un buen tramo de las cercas del vecindario y nosotros nos las tumbamos ¡Las que hagan falta, mi socio! Se cuenta nomás y punto… Cuando se acabe, se le llama a usted… Usted calcula, usted factura y me separa para mí un veinte por ciento por cada llamadita… Esto es grande, ¿eh? ¡Esto es grande! ¿Tú me estás entendiendo, no mi hermano?

-Claro, claro…

-Claro que también me tiene que trabajar bonito, socio… Y no me contrate indocumentados… La cosa ahora está que, ya tú sabes… En fin, Armando… ¿No le voy a estar explicando, no?… Eso sí, ¿ah?  A partir de hoy, a usted mi brother, no le vuelve a faltar trabajo más nunca en la vida… Esta corporación tiene para rato…

 

Armando arranca feliz en pleno aguacero. Más allá se detiene un instante a observar cómo la lluvia no ha interrumpido a las palas gigantescas que, continúan infatigables extrayéndole el material al suelo, en medio de un traqueteo metálico. Lanza un suspiro ronco. Se siente orgulloso de pertenecer a la corporación. Pita el claxon saludando a los operadores de las máquinas y acelera patinando en el lodo.

 

…Llegamos poco después del huracán.  Cuando habían habilitado sólo veinte apartamentos. Vinimos en avión, buey. Saqué licencia de conducir, me compré un coche… Y conseguí trabajo en el restaurante de los Jiménez ¡Ah!.. Días maravillosos de pobreza y de esperanzas, cabrón… 

 

-No pensará pasarse toda la vida camelleando en esta porquería, ¿no? … -dice Salomón con los ojos risueños.

-¿Qué más se puede hacer en este lugar?

-Fumarse un tornillito de vez en cuando, parsa… Hay que sacarle la vuelta a los gringos. Venga, yo le enseño…

 

Salomón ya tiene cuatro casas compradas en su pueblo. Una para cada hijo. Dice que para la mano, cuando se compre la suya. Salomón es discreto y la sabe hacer. Pero lo delata ese olor a yerba fresca que siempre trae encima.

 

Desde entonces, cada mañana, como parte de su rutina Amílcar se da su vuelta por el 309, el 321 y el 414 y se cerciora que no haya moros en la costa. Vigilancia que Salomón le reconoce con una onza quincenalmente.

 

-¡Eso no es nada, puto!… A la manager le cae mil por apartamento, buey… Lana es ya otra cosa, cabrón… ¡Quién cómo esa vieja!… -, lanza la bocanada del humo que tiene aguantado en el pecho.

 

De pronto suena la radio. Irma lo necesita en la oficina. Está pacheco. Se odia…

 

Pero acude de inmediato.

 

-¡Qué pedo!

 

Irma cuenta con Amílcar para todo. Ella no entiende ni papa del negocio de “rentar apartamentos”, pero está aprendiendo. Está allí sólo porque necesita el dinero. Esta vez tampoco está con Calela. Se muere de rabia. Lo que ella quiere es trabajar en la tele, en producción.

 

 

 

-¡Y pensar que hace poquito, yo tampoco sabía nada!

 

…Nomás era chofer de don René… Tempranito hacía el mercado para la mamá… Corriendito, le compraba el desayuno y, claro buey, su papelito higiénico con aloe vera…  De allí, arrancaba a cambiar el sencillo… ¡Costales, carnal! Como de película… Antes que me dieran las once salía disparado a recoger las salsas secretas para repartirlas por los demás restaurantes… Igualito era por la tarde y antes que dieran las cuatro volaba a recoger los postres… Y nuevamente a repartirlos por todos los restaurantes otra vez… La comida ya se me caía al suelo de cansancio, buey…

 

-¡No mames!…

 

Armando está tan obeso que cada día le cuesta más bajarse de la camioneta. Eso sí, todo lo deduce en pies, en yardas… Una vez en el piso, observa complacido el trabajito que le ha encargado la corporación. Resuella. Piensa risas. Le bailan los ojos. Desde ahora vivirá gratuitamente en uno de los apartamentos… Está a cargo. Facturará la reconstrucción de los apartamentos dañados por el ciclón.  Además remodelará las oficinas, la casa club, el área de la piscina, la playa de estacionamiento, la cerca…

 

Armando saca la raíz cuadrada de todo y separa para su socio el veinte por ciento. 

 

-Buen negocio… – piensa dirigiéndose a las oficinas.

 

En el camino se cruza con Amílcar pero todavía no se conocen…

 

 

-Buenos días, vengo de la corporación…

 

-Ah… Pase, pase. La manager ya está preguntando por usted… – le contesta Yarasely sin dejar de maquillarse.

 

 

Está chorreadito. No ve las horas de llegar. Pedalea con más fuerza. Se está perdiendo el ¡happy hour!

 

Pedalea más duro.

 

-Felizmente, los edificios no me quedan lejos – se consuela -. Yo, que soy una tardona…

 

Efa trabaja de barman en el Alice Nude. Algunas madrugadas le permiten bailar y desnudarse. A veces, regresa con los bolsillos reventando de billetes. Pero inmediatamente  se lo gasta todo en perico.

 

El gordo se da cara con el día. Se pasa un dedo con saliva por los ojos y mueve la mandíbula de arriba a bajo. Ha esperado en su escondite toda la noche. Todavía las manos le apestan a crack… Cuando den las ocho se le acercará y le pedirá lo que sea… 

 

-Diez Dólares.  Está bien… ¡Facilito!

-Es la última vez que  te doy plata, Raúl… ¡Anda, báñate! ¡Y no vuelvas más por aquí!.. ¿Oíste?

 

El gordo se inyecta el crack. Su tos mortal se oye desde lejos ni bien se pincha… Se saca  dos piedras de la boca y continúa tosiendo.

 

-Préndela… -dice la Mona con ojos de faroles… 

 

-¡Caballo! La mayoría de las gevitas que bailan en el Alice Nude viven en los edificios…

-¡Consorte! Usted aquí se morbosea de lo lindo…

-Sólo tengo que ponerme la olímpica y lanzarme en la piscina…

-Armando, usted es un hombre con suerte…

- ¡Brother! Trabajo mucho para eso, mi socio…

 

Amir Abumahed, es más conocido como Sandokán. Él, reina como amo y señor del Alice Nude. Es pakistaní y mide casi dos metros. Tiene el rostro fruncido por una cicatriz intimidante, que le da un gesto homicida. Un bigote denso enjaula sus labios. Y sus ojos negrísimos destacan su poderosa nariz aquilina.

 

-A ese le falta sólo el puñal entre los dientes, buey…

 

…Su mujer es dominicana, cabrón. Es una de esas maniáticas de la limpieza. Dicen que nomás para en el templo. Y todos los miércoles tiran abajo el departamento. Está de pedo, carnal. Allí rezan hasta la mortificación, ese… Dicen, se dan de latigazos… Nadie sabe bien lo que pasa allí adentro, buey… Pero se oye como si estuvieran matando a alguien, ese. Con gemidos y todo. Para mí, que son cosas de la encuerada, buey ¿Cómo será? Pero cada vez que viene la policía, esa vieja abre con su vocecita de pendeja y se convence hasta al jura más maldito, ese…

 

-¡No mames, buey!

 

-Mire, la señora de 708 dice que sólo están rezando y que van a bajar la voz… Ya no va a tener ningún problema con ella, porque está advertida… – le explica el policía a Irma.

 

Ed, es un policía rechoncho con la cara de bebe y acné en la barbilla.

 

La Efa rasura pubis como nadie. Por eso Desde las dos de la tarde todas las chicas lo despiertan ¡Le tiran abajo la puerta!

 

-¡Muchacha! Tiene una mano bendita…

-¡Profesional!… – recalca Efa, mientras deja una vagina tan calva como la de una núbil.

 

También peina, hace manicura y pedicura… Por eso, a la Efa no le puede faltar su bolsota de perico… Con eso lo levantan las chicas.

 

-¡Ustedes me van a matar!… – grita emocionada y se aspira una rayota.

 

La Mona, cada día está más estropeada. Desde temprano recorre los edificios buscando que robarse. Cuando el supervisor la encuentra la echa como si fuera un perro sarnoso.

 

…Sé de muchos que han dejado que se la mame por diez pesos, ese… A mí nunca se me ofrece. Me saluda, nomás…  Hace poquito los carros le tocaban el claxon cuando la veían con su shorcito parada en la esquina… Ahora también se la suben… Pero está tan flaca que ya no vale nada…

 

A partir del medio día hay amenaza de tornado.

 

Isolina cruza la pista con su cachorra Pastor Alemán bien sentadita  en la canasta de la bicicleta. Es hija de campeona. Su madre ha capturado más narcotraficantes que la DEA. Isolina le ha puesto Anubis por su estampa regia. Se la regaló Ed, el niño policía que nunca se pierde un happy hour.

 

-¡Está preciosa!…- grita la gente al verla pasar. 

 

El cielo se tiñe morado, el viento levanta todo. Isolina pedalea con el aire en contra. Pero, igual le cede el paso a una familia de patos que corre a refugiarse junto a la gasolinera. Anubis les ladra inquieta.

 

En los edificios no se admiten perros. Ahora Isolina tiene que convencer a Amílcar… Bueno, también al supervisor…  Y a la manager…

 

 

-¡Es un Sable!… Igualito a Rintintín-  grita abogando a favor “Arroz con pollo, Ed”, mote con el que se le conoce en la barra del Alice Nude.

 

-¡Arroz con pollo! ¡Arroz con pollo!…

 

Es la única frase en español que se sabe. Ed es un buen muchacho. Vive en los departamentos desde antes del ciclón.

 

-Aquí lo vimos crecer… – grita Manzanero grandilocuente levantando su cerveza- Yo mismo escribí la carta de recomendación…

 

Manzanero es el supervisor de los edificios y jura que, Ed es policía gracias a él. Es lo primero que piensa cuando se cruzan por los pasillos. Manzanero no habla ni jota de inglés y saluda a todo el mundo con un “Merry Christmas and Happy New Year…”, cualquier día del año.

 

-Es lo único que sabe decir, buey…

 

-¡Arroz con pollo!… ¡Arroz con pollo!.. -, le responde, Ed,  a todo pulmón.

 

…Manzanero es el tío de Yarasely, buey… El suertudo se ganó la lotería de visas. Sabe de oficios como la mayoría.  Entiende de albañilería, de mecánica y un poco de electricidad. Ya sacó licencia de electricista y es técnico en aire acondicionado… ¡Va de cohete, buey! En Cuba fue militar. Dicen que él y su esposa eran los chivatos de su cuadra…

 

…La esposa es una verdadera joyita de las tinieblas, carnal. Piadosa. Ama de casa ejemplar. Toda ella es un anís. Su ropa y su carro brillan. No hay nada que se pueda decir de su reputación.  Pero su debilidad es el chisme, buey. Mata a sangre fría, con esa lengua viperina que el diablo le ha dado. Es un pajarraco de temer que se pasa el día entero llevando y trayendo comentarios.

 

Su otra debilidad es quejarse de Manzanero.

 

-¡Ya cansa, buey!…

 

-¡Muchacha! Ese hombre me va ha matar… Todo el tiempo metido en esa barra… – lloriquea Manuelita por los corredores.

-¡Ay, chica! Si yo te contara…

-¿No me diga?…

 

Les jala la lengua a los vecinos y, en el acto, corre a pasar el cuento a otro menso.

 

Hace años que Manzanero la ignora. Pero ella jura que, un día no muy lejano, conseguirá su atención de nuevo. Se lo ha propuesto.

 

-Que espere nomás…

 

El gordo Raúl tiene una maleta escondida con todas sus cosas en una casa abandonada. La que está derrumbada frente a los edificios.  Raúl piensa sólo en beber y en drogarse. Poco a poco está vendiéndolo todo. Los inodoros, los lavamanos, los pisos… Se inyecta crack y tiene una tos fulminante.

 

 

-Armando, por favor, cuénteme más… ¿Verdad que le vio todito?

-Son putas, consorte, a propósito te lo enseñan todo…

-¿Y por qué no hay una sola por aquí ahora?

 

 

Armando se pasa el día en ropa de baño. Su gente le cumple. Armando jamás olvida pagarles su cheque semanal. Armando paga bien porque cobra caro… Por el momento, hay presupuesto. Los Seguros están pagándolo todo.

 

El huracán ha llevado arriba a la corporación.

 

…Cuando llegamos no teníamos nadita, carnal… La alfombra era nuestra cama. Si no fuera porque Isolina compró todo, no tendríamos ni un solo mueble. Comíamos en el piso, cabrón… Me traía en los bolsillos la carne que la gente dejaba de sobra en el restaurante…

 

- ¡No mames! ¡Qué asco, ese!

-Ni creas, carbón

 

…La escogía bien… Carroñaba sólo de los platos de las hueritas ¡Ellas casi ni comen! Todas delicadas cortan un pedacito y dejan todo… Un día cualquiera podía llegar a juntarme hasta veinte bistés, buey… Isolina los lavaba bien y los metía a la congeladora en bolsitas… 

 

Salomón está colgado. Fumando porros como de costumbre en su hamaca en el balcón. Su piso tiene la mejor vista hacia norte. Desde allí, en un día soleado como aquel, Salomón llega a ver hasta el Down Town. Chupa su porro, retiene el humo y lo suelta al rato.

 

Una camioneta gris con letras de molde amarillas se estaciona abajo. Tres hombres con mameluco azul se preparan. Ramón queda petrificado. Bota todo. En un maletín recoge un par de cosas y sale disparado con el corazón explotando escalera de emergencias hacia abajo. Brinca las gradas de diez en diez. Debe controlarse. Llega al primer piso pálido como un muerto. Amílcar se sorprende al verlo. Salomón no articula una. Hace señas para que se acerque.

 

-E-e-e-e-sos… Tipos ¿Si-si-guen allí?

-¿Quiénes? ¿La gente de OTIS que está arreglado el elevador?

-¡Ah! Son de OTIS… De lejos, con esos mamelucos, hasta vi otras letras, parsa… ¡Casi me da infarto! – dice reponiéndose.

 

 

Isolina paga y se monta en la bicicleta. Pedalea feliz… Sostiene el timón con una mano y con la otra sujeta el árbol.

 

-Amílcar se va a quedar de una pieza…  – carbura alegre pedaleando parada.

-¡Merry Christmas!… -, le gritan de un carro.

 

Lleva en la bicicleta un pino natural a cuestas ¡En  plena US1! En cada esquina los autos le ceden el paso, pitando el claxon.

 

-¡Merry Christmas! ¡Merry Christmas!… – le grita todo el mundo.

 

Pronto estará en casa.

 

-¡Vale el  esfuerzo!… – piensa contenta sudando a mares.

 

Isolina es hermosa pero está delgada. Es una mujer física y emocionalmente fuerte. A diario escribe cartas y llora sus recuerdos. Pero Isolina cree en el futuro. Lo construye diariamente. Isolina se gasta toda la plata comprando cosas para la casa.  Todo se lo trae en su bicicleta. También compra regalos para mandar a toda la familia. Siempre cae rendida.

 

De pronto se levanta de un sobresalto, coge la bicicleta y sale apurada a comprar algo gigantesco que ha olvidado.

 

 

 

Indudablemente que todos necesitan un trabajo. Pero son pocos los que se conforman con lo que les toca. Irma, ha tenido que aceptar otra cosa, mientras espera una oportunidad mejor. Pero nadie goza de la suerte de Armando, que está amarrado con la corporación y para conseguir trabajo casi no necesita moverse. Tampoco, tiene idea ni le importan los apuros que afronta para subsistir Amílcar y muchos otros como él. Por eso Salomón, ha optado por las actividades ilegales y al parecer, las cosas le están saliendo más rápido. Pero, podría terminar arruinando su vida, igual como lo ha hecho la Mona o el gordo Raúl, que se dedican sólo a robar o a pedir limosna. Pese a todo, hay personas como la Efa que, todavía piensan que pueden controlar la situación.

 

Hoy mas que nunca, la gente busca trabajo desesperadamente. Pero las deudas, las obsesiones o los vicios se lo llevan todo. Sin embargo, también existen seres que no descansan, como Isolina, compradora incorregible. Y que, a pesar que conseguir las cosas le cuesta el doble de trabajo, ella continúa pedaleando. Sacándole jugo a su existencia.

Posteado por: eduardocatalan | Agosto 6, 2009

Una corona de espinas (*)

Posteado por: eduardocatalan | Julio 28, 2009

Decálogo, ¿obra humana?

Posteado por: eduardocatalan | Julio 28, 2009

Corazón de papel

Posteado por: eduardocatalan | Julio 28, 2009

¡Fuera el machismo!

Posteado por: eduardocatalan | Julio 26, 2009

Un mundo animal

Posteado por: eduardocatalan | Julio 21, 2009

EL SOL BRILLA PARA TODOS (*)

 Por: Eduardo Catalán                                 

(*) Extracto de la serie Sunpass

 

“Pero cuando llueve no todos se mojan; esa es prerrogativa de los caminantes, de los que alguna vez tuvieron un auto o de los que sueñan con tenerlo algún día…”

 

Lo que sucede a diario en la estación del autobús, no es tan predecible como la temperatura. Pero, invariablemente, es el lugar más concurrido por los desafortunados. Seres que emergen de una dimensión paralela, dónde la felicidad es sólo un espejismo. Como ancianos jubilados y  enfermos de toda índole. Alcohólicos sin licencia para conducir y adictos indigentes sin hogar. Veteranos de guerra -generalmente minusválidos-, dedicados a la bebida y con carné para viajar gratis como toda recompensa. Cientos de indocumentados, anónimos hombrecillos hediendo a explotación, cuya realidad es aún más subterránea. Solitarios resignados con ingresos insuficientes para comprase un auto, o personas atrapadas en un automatismo sin rumbo. Mujeres de todas las edades y razas, sobre todo, madres solteras. Claro que, temprano por la mañana  y al caer la tarde, se incrementa el flujo de unidades para llevar o traer al  personal de oficina que trabaja en el Down Town. Mortales de traje con maletín y calzado de cuero, mayormente de la raza negra o hispanos que ya ni recuerdan cómo pronunciar en español y que, para no quedarse atrapados en la autopista a esas horas, utilizan los servicios del metro bus. Escasos momentos del día en los que coinciden desiguales personajes pero que, pese a todo, comparten algo en común: el ser habitantes del mismo pantano. 

 

-(Radio)¡Buenos días Miami!  El sol brilla radiante esta mañana. Hoy habrá calor. 93 grados al medio día. A partir de las cuatro de la tarde se esperan violentas precipitaciones…

 

La bulla del auto detenido frente al semáforo lo levanta de un sobresalto. Está transpirando. Se enjuga el rostro con la manga de la camiseta y estira los brazos dando un bostezo prolongado. Decenas de peatones enrumban en todas direcciones. Una ráfaga de viento le arrima un pasquín religioso. Se incorpora con pereza de la banca y recoge el papel para usarlo de abanico. Al momento, la pesca bajando entre los pasajeros del autobús que se ha detenido. Un brillo animal en los ojos transforma su expresión. Le conoce sus movimientos con exactitud. Esa rutina triste que tiene de ir y venir del trabajo. Los martes y jueves, libre. Cuando la mujer se aleja lo suficiente, va tras su presa salivando. Sabe que está sola y conoce donde vive porque no es la primera vez que la sigue. La mujer se detiene frente a una casa pequeña, entra y cierra la puerta con llave. El gordo observa desde la acera del frente comiendo un mango que se ha recogido.  Cuando cree que ya ha esperado lo suficiente, cruza la pista y de un tranco está justo frente a la ventana. Forcejea. No está asegurada. Mira para todos lados y, suavemente, desliza hacia arriba la hoja de cristal.

 

-¡Bingo!

 

Es grande pero cuidadoso. En cuestión de segundos, se cuela por el hueco oscuro. Adentro huele a orines de gato; a cerveza rancia, a cansancio, a sueño…  Los ronquidos lo llevan directo a la habitación. Se detiene frente a la cama. Gruñe. En al acto, se abalanza como un chacal sobre ella. Le tapa la boca… Aguarda que los ojos de su víctima se llenen de pavor… Que tome conciencia… Se excita…

 

-¡Facilito! ¡Facilito! – repite satisfecho mientras, la mujer gime bajito temblando acurrucada en un rincón.

 

Le rebusca la cartera, toma el dinero que hay dentro y se marcha. Una vez de regreso en la estación, compra un diario y revisa con impaciencia la sección de policiales…

 

-¡Mierda!…

 

Todavía no hay nada de la mujer del día anterior… Con las mismas, se tumba cuan largo es en su banco habitual, mientras coge sueño oliéndose las manos con placer…

 

 

Isolina sostiene los gastos de la casa sólo con la costura. Felizmente, el cubano de la lavandería la tiene atiborrada de trabajo. Aunque le paga una miseria. Pero no le pregunta por su estatus migratorio. Amílcar, su esposo, hace lo imposible. Ya no es tan fácil como antes. Parado en Home Depot corre riesgo. Nada es igual después de “Septiembre Once”.

 

-¿Cuándo cambiará esta situación? Para cuando Obama suba vamos a estar arruinados… – suspira y se sube al autobús que parte de inmediato.

 

Katia está impaciente, sofocada. Se quita la chaqueta y se la amarra en la cintura. Mira su reloj y mueve la cabeza desaprobando. Está rendida y de mal humor. Lleva parada allí más de media hora esperando y nada pasa ¡Odia su vida!  Katia trabaja toda la noche en un restaurante y duerme por el día. Parte de su tiempo libre se la pasa esperando el bus de ida o de regreso.

 

-¡Al fin! – se tranquiliza al ver unas luces aproximándose.

 

Saca un espejo pequeño y con un lápiz tajadísimo se pinta los ojos, con otro se retoca los labios… Enseguida, con la punta del meñique corrige la sombra de uno de sus párpados. Está lista. Estira el brazo para detenerlo, pero el metro bus se sigue de largo. Katia protesta empinando un índice agresivo. Unas luces verdes que brillan GARAGE sobre el parabrisas del vehículo se mofan en su cara.

 

-¡Contra!

 

Mas allá, le parece ver un par de luces acercándose.

 

Es primero de enero, también el primer día de otro año miserable en su vida. Sólo ella está en la calle a esa hora. Claro que, están también los infaltables.

 

El Nazi y su inseparable, cojimanco, son gringos.  Por allí también anda el Cabazorro, el latino con su guitarrón, dispuesto a agredir con el instrumento al primero que se niegue a darle limosna… A Katia no le hacen nada porque su marido regularmente los provee de jabón, champú, camisetas limpias y de cualquier cosa que sea útil en la calle.

 

-¡Increíble, brother! En una horita tengo para cinco… – dice el Nazi emocionado.

-Eso no es nada… Si yo te cuento, man…

-Seguro que te encontraste, como el otro día, un billete de diez en el parqueo…

-Si yo te cuento, man…

-Allí viene una bitch, enséñale el muñón…

 

José se recoge objetos de la basura en excelente estado, porque trabaja haciendo limpieza en un hormiguero de concreto, donde la gente bota las cosas casi nuevas. Por eso, siempre tiene algo para regalar y nunca le faltan las visitas. Llegan preguntándole por muebles, televisores, lo que sea. Él, lo apunta todo meticulosamente en su pequeña libretita marrón.

 

Otro autobús se detiene en la estación. Y bajan montones de hombrecillos de ojos chispeantes y rostros curtidos por el sol. La mayoría no son tan jóvenes como parecen a la distancia. Muertos de risa cruzan corriendo en verde la avenida y en la esquina de Home Depot se confunden entre la masa que deambula por las inmediaciones. El camión del fiambre recorre el área pitando la cucaracha con el claxon. Un grupo lo detiene y se atiborra de golosinas. Otros más, se aproximan contentos buscándose el dinero en los bolsillos.    

 

-Desde que este condenado entró, todo está peor…

-Ese hijo de la grandísima…

-Órale, buey…

-¡Pinche migra!…

-La jura pone multa a los que recogen ilegales, cabrón…

-Nadie quiere arriesgarse, buey…       

-¿Qué?

-Entonces, ¿de qué vamos a vivir?…

 

Una camioneta se detiene y, en el acto, todos parten la carrera atropellándose.

Amílcar llega primero.

 

-¡Uno! ¡Necesito uno sólo para pintura!… – grita del interior un hombre obeso con la boca llena de comida.

-Pintura es lo mío pues, patrón…

-Entonces, móntate rápido…

 

 

Ni bien la advierte, de un brinco se incorpora de la banca. Ya le conoce el andar. Igual que la vez anterior, se sube al mismo vagón y se acomoda en un asiento frente a ella. Como la otra vez, le mueve una ceja y Katia le sonríe. En la siguiente estación se bajan juntos.

 

-¡Facilito! ¡Facilito!…- repite guardando su distancia.

 

La observa de lejos.

 

El calor la tiene transpirando y el hombro le duele, le pesa el bolso y los zapatos le fastidian. Quiere llegar a casa a quitárselos ¡Ya no da! Toda la noche trabajando. Sirviendo café, hamburguesas, papas fritas… Cargando fuentes y platos. Está muerta. Con la punta de los dedos  aprieta el mazo de billetes de a dólar que trae escondido en el forro de la chaqueta. Una sonrisa de conformidad perfila un aire infantil en sus facciones lánguidas. Atraviesa sonámbula la fila interminable de casitas que preceden a los edificios ¡Se deshace! Ansía  encontrarse con José limpiando los pasillos. Siempre coinciden. Mientras busca la llave en su bolso, como siempre, le entran unas ganas incontenibles de orinar. En el restaurante ni tiene tiempo para eso. Cruza las piernas, hace una pirueta ¡Ya no aguanta! Abre. Un quejido de alivio se le escapa. Tira el bolso sobre la mesa, expulsa los zapatos y parte la carrera al baño…

 

De repente, un brazo poderoso  la rodea por el cuello y unas manos enormes le arrancan la blusa con torpeza. Al instante, Katia reconoce al hombre del Metrorail que le pone la navaja filuda en el cuello y le tapa la boca. Katia lucha, pero no tiene fuerza suficiente…

 

Cuando el hombre termina con ella, queda inconsciente. El tipo sale caminando como si nada y se cruza con José, que ni se percata de su presencia por estar mirando para todos lados, por si ella aparece en la entrada del edificio.

 

-¡Facilito!¿No digo yo?…

 

Isolina ha bajado del bus, pero no hay techo en ese paradero para cobijarse. El viento sopla levantando cuanto papel hay regado. Una lluvia filosa le castiga el rostro, de vez en cuando. El paraguas sale disparado ni bien lo abre. Más allá, un par de ancianos se cubren con las bolsas plásticas de los basureros públicos. Se le moja toda la costura. De  pronto, el cielo se tiñe morado, tres centellas continuas se anticipan y estalla la tormenta terrible. Está bañada por completo. Pero Isolina ríe. Tal vez se enferme… A ella que siempre le dan unas gripes tremendas. Pero se ríe. Ya empezó la tembladera.

 

-Llegandito, nomás, plancho la costura… Por lo menos hay trabajito… – se ríe como una niña caminando en medio de los charcos.

 

Un automóvil se detiene junto a ella y alguien del interior le lanza un objeto contundente.

 

-¡Vieja!… – le gritan acertándole en una ceja.

 

Isolina cae en la pista. No tiene tiempo de proteger la costura y la ola que levanta el vehículo la enloda. 

 

Armando es contratista ¡Está feliz con su vida! Pero, para ganarse sus chavos, todavía tiene que meter la mano y ensuciarse hasta el cuello. Lo mejor es que nunca le falta trabajo. Ni bien llegaron metió a la mujer para que estudie compra y venta de casas.  Por eso, ahora no le faltan clientes. Y ella, aunque gorda, es la reina de su hogar. Es más, poseen una discreta lista de espera. Es minucioso, creativo y, sobre todo, sabe dónde conseguir insumos más económicos. Cada día aprende más de eso y considera que, al paso que va llegará muy lejos. En sólo seis años ya tiene una casa presentable con piscina, mejor que la del cuñado; un bote a motor, parecido al de su socio; una camioneta, dos autos, un perro finísimo, mejor que ninguno y por supuesto, su mujer y sus dos hijos. Armando cobra caro porque tiene el convencimiento que lo bueno cuesta. Pero utiliza la mano de obra ilegal, para llevársela toda el sólo.

 

-Si tuviera un par de tipos como tú, no necesitaría salir a la calle… – le dice Armando contento a Amílcar, luego de haberle sacado el jugo durante toda una larga jornada de trabajo. 

-Se hace lo que se puede… – contesta él con humildad – Fíjese, don Armando, que yo ya tengo bastantes años viviendo aquí… Antes se podía trabajar… Pero desde que entró este presidente…

-Conmigo vas a hablar de trabajo, nomás ¿Entendiste?… En este país hay que dejarse de críticas y ponerse a trabajar… – lo interrumpe Armando levantando la voz.

-Usted lo dice porque es legal…

-¿A qué te refieres tú con eso, chico?

-Que para ustedes la cosa es fácil… Nomás llegan y ya son legales…

-¿Acaso tú no te enteras que todos esos mejicanos que se pasan a diario por la frontera son unos delincuentes? ¿Ah?… Y no lo digo por ti…

-Algunos no entienden el drama de los ilegales porque para ellos sólo existe su problema y nada más…

-¡Mira, chico! ¡Tú no vas a venir a comparar lo que es vivir con el comunismo! ¿Oíste?… En otros países, la gente no trabaja porque no quiere… Aquí recién vienen y aprenden lo que es el capitalismo…

-Lo que yo digo, don Armando, es que la realidad de un indocumentado es parecida a la de cualquier persona allá en la isla. Nos falta transporte, atención médica, trabajo, futuro…

-¿Y por qué mejor no te regresas a tu país?… ¿Ah? ¡Bájate! ¡Bájate ya mismo! ¡Indio mal agradecido! Yo que pensaba ayudarte… ¡Basura!..¡Gusano!…¡Largo!… ¡Comunista!

 

Armando arranca violentamente sin haberle pagado. Amílcar se queda varado en la carretera. Ni siquiera está seguro hacia qué lado está el norte de la ciudad. Mueve la cabeza y suspira hondo. Resignado, levanta su maletín y emprende la caminata de retorno.

 

La habitación todavía hiede a sudor amargo…

 

-¡Eso te pasa por hablarle a cualquiera! ¿Cómo era? ¡Yo lo mato! ¡Háblame Katia!…

-José, por favor. Déjame descansar un rato que esta noche tengo que ir a trabajar…

-¿Descansar? ¿Estás loca? ¡Llamemos a la policía!

-¿La policía? ¡Qué vergüenza!¡No! ¡No! Por favor no llames a la policía…

-¿Y ahora qué va a ser de nosotros?…

-Déjame descansar, José… Cierra la persiana…

-(Puta de mierda)…

 

El hematoma se le ha extendido hasta la mitad del rostro. Sostiene con una mano la bolsa con hielo en su frente y con la otra plancha la costura. Ropa ajena que, espera quede  tal cual la recibió…

 

-¡Qué tanto! Sólo  es agua… – se consuela pero sigue nerviosa.

 

Amílcar llega  siempre con un cuento distinto que, en realidad, no es muy diferente al del día anterior… Lo que a Isolina le gustaría escuchar, es que por fin ha conseguido trabajo… Algo de dinero que pueda salvarlos…

 

-Eran más de las once de la noche cuando apareció el sabido… Dice que lo botaron por sus opiniones… ¿Cómo será?… Pero nadita de plata ha traído… Si no sube Obama no sé qué va ha pasar… – le comenta bajito Isolina a su madre, aprovechando que el hombre está en la ducha.

 

José está cegado. A toda costa quiere encontrar al tipo y Katia no habla por temor al escándalo. Pero está segura que los celos de su marido terminaran exponiéndola.

 

-¡Quita! Déjame en paz… Me voy a alcoholizar hasta que me cuentes lo que pasó de verdad…

-Tu sabes que cuando bebes, después no puedes parar… ¿Ya olvidaste la última vez?…

-¿Entonces, por qué no llamaste a la policía? A ver, dime, pues…

-Ya te dije que me desmayé… Nunca debí contarte nada…

-O sea que te gustó, ¿no?… ¡Puta!

-¿Qué hablas, idiota?…

 

…. ¿Cómo le explico a Otelo que jamás olvidaré ese rostro? ¿Cómo le digo que, cada vez que cierro los ojos me encuentro con los del sátiro? De eso no puedo hablar con José. Tengo que olvidarme y seguir adelante… 

 

 

Cartones, plásticos, colchones todo sirve para los infaltables.

 

El Nazi es el que menos recibe porque es un gigante y casi nada le queda de la ropa que José lleva. De lejos se le reconoce por su camiseta del ejército. El cojimanco, a veces se viste de soldado y le resulta con esa pinta de veterano del  Golfo que se maneja. El Cabazorro es un demente. Rasga la única cuerda que le queda a su guitarra, con un frenetismo que aterra a los pasajeros.

 

-Hey girlfriend! – grita el Nazi al verla descender del Metro bus.

 

Katia los conoce pero no se codea con ellos. José se lo ha prohibido…

 

-¿Puedo hacerles una pregunta? – se dirige al grupo interrumpiendo la charlatanería del Cabazorro.

-Habla, muñeca…

-Se trata de un hombre, alto, grueso. Latino… Le gusta abordar a las mujeres en el Metrorail o en los paraderos…

-¡El Marrano!

-¿Lo conocen?

-Si el Marrano le ha hecho algo… ¡Juro que!… – se besa el índice y el pulgar al mismo tiempo  ¡No sería el primero!…  ¿Ve esta herida?…

-¡Mí, héroe! ¡Mí, mucho muerto!…. – interviene el cojimanco.

-No me ha hecho nada… Pero quería…

-¡Suficiente!…- sentencia el Nazi.

-¿Qué le van a hacer?

-Usted no se preocupe, muñeca… Vaya tranquila a descansar… El Marrano se la gana solo… – empina el brazo y termina su cerveza.

 

Da un giro y reinicia el parloteo con sus compinches. Ya no le dirigen más la palabra.

   

-Que no lo sepa mi marido, por favor…

-¡Pssh!.. Por supuesto, muñeca. Esto queda entre nosotros… Yo conozco cómo es el hombre… – le contesta fastidiado sin voltear a verla y continúa con la cháchara.

 

José echa la cabeza hacia atrás, termina con el último concho de la lata, luego la estruja como a un papel entre sus manos. Está ebrio. Llega hasta la cocina tambaleándose, recoge las colillas de cigarrillo y más latas comprimidas. Las levanta para que Katia no lo fastidie. Las embute con torpeza en una bolsa plástica, le hace nudo y la coloca junto a la puerta. Se dispone a abrir pero parte disparado al baño. El chorro  de orines salpica ruidosamente el borde de la tasa y unas gotitas biliosas se estrellan contra la cortina blanca de la bañera. Junto al espejo, le sonríe feliz una pareja de la mano en Bayside. Es una fotografía vieja, enmarcada en plástico dorado. De la época cuando eran enamorados. Se observa con detenimiento, confronta el espejo, pero de pronto, sus ojos se detienen en la minifalda, en las piernas de Katia. Tambalea. Ríe como un desquiciado. Se repone. Resuella profundo y destroza el cuadro de un puñetazo brutal que abre un huecazo en la pared de cartón prensado.

 

-¡Puta!… – estalla.

 

Un hilo de sangre le corre entre los dedos y baja hasta el codo, tres goterones se multiplican brincando rojísimos sobre el lavamanos. El timbre del teléfono a esas horas le paraliza el corazón y se le quita la borrachera…

 

Efectivamente, ningún día suele ser igual a otro en la estación del metro bus y cuando llueve no todos se mojan. Esa es prerrogativa de los caminantes, de los que alguna vez tuvieron un auto o de los que sueñan tenerlo algún día. Sueños, todos tienen uno… Pero el temor de no llegar a realizarlos puede ser  móvil de muchas locuras. Sin embargo, para algunos sólo es cuestión de sentarse en una banca a esperar; pero para otros como José, esperar puede ser peligroso. Pero todavía quedan personas como Isolina y Amílcar que están dispuestos a continuar esperando, a pesar de todo. Mientras que Katia es la única que se esfuerza en no desesperar. Pero están también los tipos como Armando, que esperan que nada cambie. Y a pesar que el sol salga para todos en el sur de la Florida, sólo los peatones padecerán bajo la inclemencia de sus brasas.                

 

Posteado por: eduardocatalan | Julio 21, 2009

PARAÍSO TROPICAL (*)

                                        

(*) Extracto de la serie Sunpass

 

 

        “Un paraje colmado de fascinaciones,  derroches y  fortunas…”

 

La mayoría de los mortales imagina el paraíso de la misma manera: un paisaje tropical rodeado de un mar cristalino rebosante de especies extraordinarias; sembrado de cocoteros donde habitan simpáticos monillos y cacatúas políglotas; con fina arena blanca, transitada por camaleones insólitos e iguanas prehistóricas. Aborígenes ancestralmente dedicados al abanique y hospitalarias jovencitas danzando alegres con corpiños de coco. Además de bancos poderosos con cuentas anónimas, hoteles lujosos, casinos millonarios y cruceros privilegiados. Un sitio glamoroso colmado de fascinaciones, de lujos y de oportunidades. El lugar perfecto para tomarse unas vacaciones y despilfarrar los ahorros de toda una vida. El rincón ideal para cometer una locura o para huir con el dinero de la empresa; tal vez, para encontrarse con un amante… O simplemente, para desaparecer del mapa.

 

Cada año, turistas de todos los confines del globo arriban al “Sur de La Florida” en busca de ese paraíso: sol, mar, mujeres, espectáculos, música, glamour y diversión.  Muchos pasarán los momentos más gratos y memorables de su vida, pero para otros es tan sólo una parada más en sus agitadas relaciones de negocios. Sin embargo, para algunos de sus moradores el paraíso puede también tornarse en un infierno. 

 

                                              

-¡Por Dios!… Van a dar las doce y yo, todavía manejando… Si por lo menos fuera a divertirme…

 

El mar no se distingue del horizonte; la noche ha envuelto todo de niebla gris. Hiela y las calles están desiertas. Los semáforos en las esquinas oscilan su luz ambarina. Un viejo carrito blanco surca a toda velocidad las pistas atiborradas de señales relucientes. De vez en cuando, el cielo se ilumina de colores y a la distancia retruenan los cohetes.

 

 

En Brickell, justo frente a la estación del Metromover, las luces de una docena de patrulleros lo ponen nervioso. Tres muchachos negros yacen tendidos en el piso, esposados, como presuntos responsables de un delito. Los policías voltean patas arriba todo lo que hay en el interior de una Chevrolet. Un par de patrullas estrechan el puente a un solo carril. Papo reduce la velocidad y oculta la cerveza debajo del asiento.

 

-¡Santa Bárbara, ciégale la mirada!… ¡Santa Bárbara, ciégale la mirada!

 

Las doce en punto. En el acto, explotan ensordecedoras las campanas del puente y Papo se detiene. Bajo el empinado brazo, un crucero desparrama la juerga por las claraboyas.

 

Happy New Year!

-¡Happy New Year! – se oye al compás de un merengue acelerado.

 

Uno de los policías hace señas para que prosiga y Papo obedece en el acto.

 

…A media noche será otro año sin ti… Otro día sin tu evaluación meticulosa… ¡La extraño tanto!… Tanto, como me arrepiento de no haber insistido, de  no haber corrido a detenerte…  Pero, ¿todavía hay tiempo?… Espero…  Todavía debe quedarme más para sufrir… Y eso que a ti no ha podido irte mejor. Y, claro, con ello corroboras la cantaleta que la Yolanda ha regado por todo el canal… ¡Ah! Tuvo que pasar todo este tiempo para admitirlo con creces, nueces y perdices… Porque no todo fue malo, ¿no?… 

 

 

-Esto, amiguitos, es todo por hoy… no se pierdan mañana al “hombre elefante”… ¿Es mañana, no Irmita?… Mañana viene el hombre con el trasero más grande del mundo… No se lo pierdan… ¡Adiós!… -Vicente se arranca el micrófono de la solapa con furia y lo lanza al piso mal humorado.

 

Irma, corre a levantarlo antes que lo destroce con su zapato deforme.

 

Un par de sexagenarias -las vetiúnicas asistentes en el set de televisión-, corren para sacarle un autógrafo. La pequeña le mete por la cara una antigua foto suya. De esas que ya ni el mismo conserva. Siente deseos de arranchársela y destrozarla, como ha hecho con todas las demás. Ahora que está gordo y se ve tan viejo, sólo le importa que le renueven cada año el contrato. Abre el ala del saco y del bolsillo interior desprende un lapicero plástico. El sudor de la axila le ha empapado la camisa hasta la cintura.

 

-¿A nombre de quién, bellezas?

-De Blanquita y Aurora… Somos hermanas… ¿Sabes desde cuando hemos esperado este momento?… -  chilla la más pintada apretándole el cachete con unos dedos morrocotudos llenos de uñas postizas.

 

Ni bien pone un pie dentro quiere retroceder. El despliegue de toda esa elegancia lo acompleja. Se siente incómodo. Le pica la ropa que trae puesta encima. Tenía planeado ponerse el traje beige, pero no logró quitarle la forma del colgador al saco.

 

-¿Dónde encuentro a la señora Calela?… – le pregunta a un camarero con la boca  llena.

 

…Es irremediable, pero odio tener que fingir una actitud casual.  Y esta fiesta de fin de año, donde estás con tu nuevo esposo… El hombre que ahora te hace feliz… Pero la fatalidad nos reúne con intenciones macabras… Reconocer tu voz en el despacho de ese tipo… ¡que detesto!… La entrevista es un compromiso laboral. Nada tengo yo que ver con la farándula. Sólo cubro a una colega que, espero regrese pronto a relevarme del castigo…

 

Una mujer súper emperifollada, entrada en carnes y con un moño descomunal vocifera con un grupo de invitados, mientras mastica un bocadillo con tosquedad.

 

-¿Acaso ustedes no están creyendo que me importa un pepino lo que la gente dice de mí? ¡Calela es lo máximo!… ¡Lo adoro!… -  y estalla en carcajadas. 

 

De pronto, se estremece como si la hubieran arrojado desprevenida al mar. Le pica la cabeza por el moñazo que se ha dejado hacer a insistencia del Efraín. Lo odia. Bebe el contenido de su copa por completo. Con una uña enorme se rasca maniáticamente la sien. Se sirve al paso una almeja rellena y le toca el hombro  con decisión.

 

-¿Qué tú haces por aquí, muchacho?… – y se traga el marisco con voluptuosidad.

-¡Miscleida!

 

…Estos años sirvieron para darme cuenta… Y ahora estás allí, mimada como una diosa griega… Perfecta, pero de cuidado, como siempre… Pero ya es año nuevo… ¿Recuerdas cuando nos conocimos?… ¡Qué chistoso!… Nunca nos separamos después de ese abrazo interminable… Bueno, hasta el momento que te fuiste…

 

Se ha pasado veinte minutos bebiendo frente a su imagen. Ahora se estira el párpado hasta abajo y se revisa los lagrimales. Bebe un sorbo más de un vaso cargado de licor.  Suspira imaginando que ya tiene contrato para la siguiente temporada. Abre grande la boca y se revisa las amígdalas. Sabe que sus horas en la televisión están contadas. Bebe otro sorbo largo. Sólo necesita una temporada más, piensa. Abre la llave caliente y el vapor empaña su reflejo. 

 

-El espejo no miente… El espejo no miente… – repite sorbiendo ruidosamente el último concho de whisky.

 

Se rasura con desgano y luego se embadurna Lancôme por toda la cara. Corre a ponerse las medias y se mete en la cama.

 

-Es una noche como cualquier otra… – suspira arrullándose.

 

De un brinco está nuevamente de pie frente al espejo.  Abre el botiquín y saca un par de cápsulas verdes de un pequeño frasco y se las traga sin agua. Repentinamente el teléfono da un timbrazo, se imprime un e mail, mientras alguien golpea la puerta con insistencia.

 

¡Por Dios! ¡Ahora, no!

 

Se tira encima la bata de seda azul y abre la puerta con el teléfono en la mano.

 

-¿No estás listo todavía?…- protesta Irma en rones.

-¿No te lo dije? Éste, cada día está más deprimido… – enfatiza Yarasely, la maquilladora, frotándose maniáticamente la nariz.

-¿Esto nomás te queda de trago, compadre? – pregunta el gordo Raúl revisando los cajones del repostero.

-Vicente, apúrate, chico… -insiste Irma.

-Escuchen este e-mail que acaba de llegar: “Cada día habrá una… Una diaria…”

-¿Qué diablos será eso, compadre? ¡Apúrate!

 

Está igualita… La misma de siempre, sacando provecho a todo.  Solo que gruesa y bien cuidada.

 

-Me imaginé cualquier cosa, menos encontrarte entre gente fina…

 

Papo le acierta un beso sonoro en el cachete.

 

-Lo mismo me dije al verte, querido… ¿Estás más pelado o me parece?

-¿Qué quieres, mujer? Los años no pasan por gusto… Estoy pensando hacerme un implante para el año que viene…

-Avísame con tiempo, chico. Porque conozco el mejor pega pelo de todo Miami, ¿Oíste?…

-No, mi cielo. Yo me voy para Perú. Allá es más barato…

-¿Ah, sí? Vaya uno a saber, cómo te dejan la pelada en esos países…

-¡En fin!

-Y, ¿qué haces por aquí?

-Lo de siempre. Tomo fotos. Trabajo con Saúl Vargas, ¿lo conoces?

-¡Muchacho!.. ¿Quién aguanta a ese pedante?

-Y tú, ¿no me digas que volviste al negocio?…

-¿Estás payaso o qué, chico? Eso fue por necesidad… Ya hace tanto tiempo que no me acuerdo… Maldito, ¿no?

-No te molestes Miscleida. Fue una broma horrible, nada más. Discúlpame…

-No te juegues así, muchacho. Menos ahora que soy productora del Calela.

-¿Tú?…

-No empieces de nuevo,  Papo…

 

…¡Tengo el número de tu celular!… Hablé con Calela. Es menos antipático de lo que parece. Es un bicho raro, un extravagante, un completo excéntrico. Ese atuendo de marica es sólo pantalla. Claro, está casado contigo… ¿Y, tú?… Hiciste lo imposible para evitarme y lo conseguiste ¡Pero tengo el número de tu celular!… Me fui porque Calela sabe de lo nuestro ¿Quién no lo sabe? En el ambiente todo se sabe… Y esa Yolanda nunca descansa… Era perturbador ver con qué ternura  acariciaba tu pelo larguísimo… Tus orejas pequeñas, tu barbilla puntiaguda, tus cejas gruesas… ¡Besándote! Tus mejillas rosadas, tu frente amplia, tu nariz perfectamente operada, tus labios fascinadores de rojo traicionero… Fue insoportable…  Junto a ti, él es un histrión de zarzuela. Esa panza y esos mechones rubios con tremendos lentes oscuros en una noche tan negra… ¡Y los tacones que le dan un total aire de pervertido! Pero debe tener una suculenta caja fuerte y no lo digo por ti. Te conozco… Pero no puedo decir lo mismo de la fila de convenidos que posaron para Papo… Ahora tengo que incluir los nombres de todos esos mequetrefes…

 

Se queda un rato mirando el cielo. La noche se despeja colorada. Un par de aviones llegan ¿O se van?…  No hay estrellas. Solo Venus fulgura lechosa en su rincón entre las nubes. Mete la llave y tres gatos se enredan entre sus pies maullando. Levanta a Rebeca, la lechera, blanca con pintas negras, la aprieta y le da un beso en la cabeza. El otro par se escurre debajo de la mesa. Les sirve comida. Se bebe un vaso repleto de leche y se tira a la cama vestido. Cuando los primeros rayos del sol se filtran entre los verticales se saca los pantalones dormido. Ronca como un oso. Mientras tanto, afuera, la madrugada se transforma en pleno día. La temperatura se eleva de inmediato. De pronto está de pie… No emerge todavía del intervalo soporífero, pero escucha claramente que le tiran la puerta abajo.

 

-¡Abran! ¡Es la policía! ¡Abran o rompemos la puerta!

 

Mira aterrado por el ojo mágico y comprueba que: hay dos agentes femeninos del FBI con chalecos azules antibalas. Al lado, un rapado con pinta de fiscal con camisa y corbata y que continúa amenazando. Además un  efectivo del Condado de Dade y otro uniformado detrás de él, con sombrero de alerón, que sujeta a un perro que ladra inquieto. Saúl abre en el acto petrificado. La voz chillona del rapado pronuncia autoritaria:

 

-Rodolfo Ramírez queda usted arrestado  por delitos de…

-¿Rodolfo Ramírez? Aquí no vive nadie con ese nombre, señor… Yo soy Saúl Vargas… Mire fíjese usted mismo… – Pero está sin los pantalones y el perro insiste en olerle entre las piernas.

-Lo sentimos, señor…

-Trabaja para el Herald ¿no?…

-Mil disculpas…

-Mire… ¿este sujeto, le es familiar?- dice luego mansito el rapado, extendiéndole la fotografía de un rostro que le parece conocido.  Pero Saúl prefiere ocultarlo.

-En mi vida he visto esa cara, señores… -Y les refriega sus últimos cinco contratos  de arrendamiento que, por suerte, tiene a la mano.

-Si sabe algo de este hombre, por favor, llámenos… -y el pelado le da una tarjeta de la policía con su número garabateado.

 

 

-Calela es el rey de la mañana. No hay quién lo iguale… -le asegura Miscleida a alguien por el teléfono-. Es por el rating, chico… Tus carros van a venderse como boniatos cuando te dé los veinte segundos… ¡OK, corazón! Yo te aviso.

 

Calela aparece todavía borracho y calzando los mismos tacones gigantescos tipo Kiss de la noche anterior. Miscleida lo recibe con la habitual  sal de frutas. Calela se tira un pedo sonoro y un eructo larguísimo que, de inmediato vicia el ambiente de la cabina.

 

-¿Qué tenemos para hoy? -pregunta desganado.

 -Hoy tenemos tres invitados, papito. Vienen el alcalde de Sweet Water, los bomberos y una bruja que dice que Chávez trabaja para la CIA.

-¿Qué? ¿Estás loca? ¡Cancélala! No creo que eso le guste al jefe. Además, aquí nunca hablamos mal del gobierno. En serio, querida… Sólo hacemos joda…

 

Efraín ha llegado más lejos de lo que pensaba cuando tocó Miami. Fue Marielista, puto callejero y transexual de alto vuelo, hasta que su nonagenaria madre murió y heredó los ahorros de cincuenta y cinco años. La madre, una mujer austera, terca como una mula y religiosa hasta las llagas, que vivió y murió odiando a Fidel Castro, se la pasó rogándole a Dios que regenerara a su único hijo.

 

Lo consiguió difunta. Efraín sentó cabeza y recién se manifestaron en él todas esas virtudes que la vieja había esperado reconocer en vida. Efraín dejó las calles y los vicios. Se compró una casa, un perro enano y abrió un exclusivo salón de belleza en Miracle Mile. Idéntico al que visualizaba cuando era adolescente y todavía salía con mujeres.

 

-Tal cual te lo cuento… ¡De película, oye! “¡Abran o tiramos la puerta abajo!”…

-No te creo, Saúl… Y tú, todavía en resaca. Linda manera de empezar el año, caramba… Te aconsejo que te cuides… Tú sabes que la situación es delicada.

-Imagínate que hasta estoy yendo a terapia… Ahora todo el tiempo escucho voces en el jardín… Todo lo tengo bajo llave y nunca las encuentro. Me han complicado la vida, chica…

-¡Saúl! ¡Qué nervios! ¡Cuánto tiempo sin vernos! Había olvidado tus manos…

 

-“Una por cada día…”- Todos los días me llega el mismo anónimo…

-No hagas caso, papito… La gente se hace la misteriosa. ¡Qué sé yo!… ¡Apúrate, chico! Vístete rapidito que ya estamos con la hora…

-Irma…

-A la una,  a las dos…

-Buenas noches, amiguitos de la ciudad del sol…

 

Un muchacho con bigote y sobrepeso, cuenta sencillo en el rincón extremo de la barra. Ni bien aparece Vicente en la pantalla del televisor que hay suspendido del techo, se apresura a subir el volumen.

 

-Yo a este sí le creo, aceres… – exclama con interés hacia la concurrencia ordinaria. 

-¡Muchacho!.. Yo le tengo fe…            

-Ese siempre ha vivido adulando al que le conviene…

-No seas envidioso. Eso dices tú porque ya quisieras estar en su lugar…

-¿Y qué tiene de malo? Eso es Marketing, señores… El que no vende en los medios se muere – vocifera Papo mordisqueando una hamburguesa descomunal.

-Esa causa está perdida ¿Tú no sabes, chico?… ¡Avemaría! – dice Saúl interrumpiéndose y coloca a un lado el diario. Con un ademán llama a la mesera.

-Cuando se acabe el Régimen maldito, todos volveremos a ser libres… – Resuella un gordo con una corbata inmensa, servilleta en cuello y con la croqueta en la mano.

 

Katia se acerca a Saúl.

 

-¿Está listo para ordenar, señor?

-Mira, mi amor… – Y le alcanza una cucharita empañada- Cámbiame esto y tráenos más café… Tú sabes que yo no vengo a comer aquí…

-Enseguida se la cambio… Disculpe el descuido… Yo hablo con el manager para que no le cobren el café… Con permiso.

 

Katia entra a la cocina, coloca la cucharita en su lugar, llena  la jarra de café fresco y después de mirar para todos lados escupe un gargajo dentro.

 

-A esto le llamo buen servicio, mi amor… – le dice Saúl empalagoso mientras la mesera rellena su taza con el brebaje.

 

Hurga en su billetera y después de desvestirla con la mirada, le alcanza un   billete de Dólar.

 

-Muy amable.  Gracias, señor.

 

Katia da media vuelta para esconder una sonrisita sardónica. Ellos se quedan haciendo comentarios sobre su trasero. 

 

-Tanto anonimato no puede ser sano… ¿Pero yo a quién se lo digo? A mí, nadie me escucha… ¡Irma, te odio! Negra borracha… ¿Crees que no sé que siembras yerba?… Y tú, Yarasely, ¿cuánto cobras, mamacita? Conmigo nunca atracas, ¿no?… Y el perico, ¿qué? ¡Desgraciada!… Entre tú y el  puñal ese del gordo Raúl me están arruinando, hijeputa… ¿Acaso crees que no lo sé? Pronto ya no podré comprar ni cariño… ¿Entonces, qué?

 

…Mi amiga ya no piensa regresar. Se montó en un avión para Sur América y no volverá ¡Qué desgracia! Tengo que cubrirla o largarme… Mi jefe está trastornado con mi estilo. La última vez que agarró un libro  estaba terminando la secundaria.  Y mi estilo lo excita… ¡Sólo habla de langostas! ¡Y mi estilo lo mueve!  Pero lo peor de todo es que ahora  cubro a mi amiga y  sigo paso a paso al Calela… ¿Tienes una idea de la situación?  ¿Ah? ¡Y yo que quería hacer periodismo investigativo o trabajar para la ONU! ¿Por qué la vida es tan irónica?… Me abandonaste y me quedé solo en este infierno  para diariamente constatar que perteneces a otro… ¡Maldita realidad!…

 

El reloj marca las siete. Saúl enciende otro cigarrillo… Cada vez que lo hace lee compulsivamente la etiqueta de advertencia impresa en la parte posterior de la cajetilla: “Fumar causa cáncer al paladar, a la tráquea, al pulmón y…” Sabe que va a morirse. Cada vez tose desastrosamente peor. El timbre de su celular lo distrae. Es la tonadita de ella. Contesta de inmediato… Se le caen las lottos, pierde el control…

 

-Esta bien… Comprendo. Por supuesto que sé, cariño ¿No vamos a empezar a hablar de esto ahora, no?… Claro… Acaso, no sabes cuan… ¿Aló? ¿Aló?..

 

Vicente abandona el set con inusual mutismo. Detrás de sus espejuelos sus ojos brillan con disfrazado misterio.

 

-Irma… Esto no puede continuar así… Tienes que oírme…

-Pero, papi chulo, sin ti no hay show… Tú eres lo máximo… ¿Quién lo quiere las veinticuatro horas? ¿A ver?

-Tú, pues, Irmita… -  contesta lacónico.

 

El corazón le palpita aceleradamente. Lleva los e-mail en el bolsillo del saco. Mira el reloj, prende el motor y enrumba en sentido contrario a su casa. Yolanda observa atentamente por la ventana de su oficina. Baja los vidrios, el sudor le chorrea hasta la espalda porque hace tiempo que no funciona el aire acondicionado. Da un giro brusco al timón y se monta en la carretera ochocientos veintiséis.

 

-Si  no se tratara de Vicente no hubiera salido a ningún lado… – exclama Saúl tiritando de frío y se cubre la boca para volver a toser.

 

Ni bien entra al restaurante, lo recibe una corriente helada que brota cual estocada mortal por la rejilla del aire acondicionado. Saúl se contrae y hace una seña. Katia se acerca al instante.

 

-Café, mi amor… ¡Urgente!…

 

Se arroja en una silla y esconde la cabeza entre las piernas. Tose dramáticamente.

 

-¿Se encuentra bien, señor? ¿Señor? – pregunta Katia preocupada con la taza humeante en la mano.

 

Katia corre a la oficina a llamar al novecientos once.

 

Vicente llega atrasado. Ha transpirado todo el trayecto. Las luces de una ambulancia bochinchera se le atraviesan y cede el paso.  Se santigua. Está empapadito de sudor.

 

-Realmente, señores, yo estoy con quién me paga más… ¿Qué es eso de fidelidad? ¡Eso es para los perros! Esto es trabajo… ¡Dinero!… ¡Money! ¡Money!… – vocifera Papo dando golpes en la mesa.

 

Miscleida, le retira el vaso de whisky a un lado, le clava una miradota y le acerca el plato con tortillitas.

 

-Tampoco creas que te vas a hacer millonario con nosotros… – se pronuncia el Calela observando cada uno de sus movimientos torpes.

-Muchacho, lo que queremos es que tú seas el fotógrafo oficial de Calela y punto… Más, nada… ¡Al diablo, Saúl Vargas!… ¡Ese, está acabado! Lo tomas o lo dejas, chico…

-No tiene que contestarme ahora… Piénselo bien – Calela se levanta de la mesa y se marcha sin despedirse.

 

Se aleja taconeando y Miscleida sale corriendo detrás haciéndole adioses a Papo con una mano y con la otra le insinúa que se decida pronto.

 

- Mira chico, ese está destruido… Por ahí dicen que la Yolanda no piensa renovarle el contrato… -  dice Yarasely prendiéndose un mentolado.

-¡Ya me jodí!… – exclama el gordo.

-¿No me digas, Raúl, que tú no te has asegurado, viejo?… ¿No tienes propuestas? ¡No te creo, chico!…

-Libretistas, guionistas, escritores… ¡Todo el mundo escribe!…

-Y tú, calvo, viejo y gordo…

-Y periquero, mi amor…

-Y ladrón…

-Ya deja eso, chica. En serio. Algo tenemos que hacer… Y pronto…

-¡Ese es mi gordo! ¡Piensa algo rápido, mi amor!…

 

…¡Ahora sí, que te perdí para siempre!… He perdido todo… Mi trabajo miserable… Los días de playa… Adiós The Falls, Bal HarbourY adiós a todo el mundo… Nunca llegué a concretar nada… ¿Cuántos son en total todos los de Zappa? Una mujer me dijo que me quedan un par de sobrinas… ¿Por qué no le hice caso?… No conozco a nadie más cercano que tú… A nadie le intereso tanto como a ti… O al menos así era antes… Y este enfermero desalmado no deja de preguntar por mis parientes…

 

-¿Sir, any relatives? Sir, can you hear me?

 

… ¿Por qué no le disparan? ¿No ve que estoy solo?… Sólo y con cáncer…

 

-¡¡Voy a morir!!

 

Brilla un cielo celeste con trozos inmensos de algodón. Nada de viento. El día perfecto para subirse a un avión de regreso. Pero no resiste el calor. Siente el vapor sofocante que emerge caliente del suelo. Le sube por las rodillas, por los muslos, por la cintura, por el pecho… Está empapadito… Es su último día en Miami… Esta temporada no está en la tele. Escucha el llamado irrevocable para abordar  y se dirige como un autómata hacia la puerta. Mete la mano en un bolsillo y tira al basurero los e-mail que planeaba enseñarle a Saúl. Se quita los impenetrables Gucci y muestra su pasaporte. Una mujer corpulenta afro-americana le recibe el documento con cautela y pronuncia en pésimo castellano cada palabra escrita. Vicente rechifla, una mancha roja le tiñe la frente. Una vena en el cuello le salta. La mujer mueve la cabeza y se preocupa en exteriorizar que con gran esfuerzo  reconoce en él, al sujeto de la fotografía. Constata varias veces con indiscreción. Vicente se pone colorado.

 

Un grupo de turistas de la tercera edad, le hace adioses desde la línea de los que llegan. 

 

-¡Vicente! ¡Vicente!.. – escucha que lo llaman.

 

Él sonríe herido.

 

-Maldita Yolanda… Lo sabía… Malditos todos ¡Hijos de puta!.. – murmura.

 

Se coloca los lentes oscuros para observarlos sin que los ancianos lo noten. Escucha como se lamentan algunos por no tener a la mano sus cámaras. Vicente los odia. Pero se conmueve de inmediato. Se acuerda de sus días de gloria. Ahora nadie vino a despedirlo. Saca su pañuelo,  contiene un llantito gay y se seca el sudor con disimulo.

 

-¡Estoy decidido! – grita – ¡Me voy a operar la cara!… ¡Qué cara! ¡Lipoescultura, se ha dicho!… ¡Sí señor!…

 

Efectivamente, vivir en un paraíso no garantiza la felicidad a nadie. Con frecuencia, el deseo de estar de vacaciones permanentes puede llegar a confundir el camino que algunos tienen trazado. Sin embargo, para ciertos moradores del “Sur de La Florida”, como Saúl, que alguna vez probaron su dulzura, la felicidad ya no cuenta. O como Papo y Miscleida que prefieren olvidar para sentirse felices… Pero también están esos otros, como Calela, que sólo son el reflejo de una vida feliz y como tantos más, que tienen que comprar hasta el cariño de su propio gato. A pesar de todo, todavía quedan por estos círculos sujetos como Vicente, que siguen aferrados al paraíso y están seguros que las cosas pueden mejorar con un cambio de apariencia.   

Posteado por: eduardocatalan | Julio 3, 2009

El próximo abrazo apriete fuerte, por favor.

 

 

 

-¡Por fin!

 

Bajó del avión con su modesto equipaje y reventando de esperanzas. No planeaba volver, era un hecho. Tenía apuntado en su libretita verde el número telefónico de su amiga del colegio, el del chico de su barrio, el de la señora del trabajo… El corazón le iba a explotar… 

 

-Vas a ver que, al toque, un gringo se enamora de ti… – le dijo su hermana en roncitos, la noche de su despedida.

 

Aquellas palabras resonaban todavía en su cabeza. Es guapa… Y jamás le ha faltado pretendientes… Pero la chata venía a Estados Unidos para trabajar, no a buscar marido.   Así que, caminó derechito al teléfono público para llamar a su amiga y empezar una vida nueva.    

 

-¡Uf!… ¡Qué calor! 

 

Es bajita pero curvilínea. En verano le encantaba ir a la playa y ponerse negrísima, con su tanga roja que le ha durado tanto tiempo.  Cada fin de semana se metía al cine.  Aunque fuese para ver una película mala, con tal de darse una vuelta con sus amigas del barrio o con su enamorado…

 

…Lo malo es que ganaba una miseria, pues…

 

Su papá era relojero y su mamá murió arrollada por un microbús, justo en la esquina de su casa.  Fue un accidente atroz que conmocionó al vecindario. Su hermana mayor se hizo cargo de la casa.  Pero la plata no les alcanzaba para nada. Porque el esposo se había largado con otro compromiso y tenía que alimentar sola a una escalerilla de mataperros en pañales.  

 

Pocas semanas antes de su partida, la hermana se había quedado sin empleo a causa de un intempestivo despido masivo. Entonces, sí, que las cosas empeoraron…

 

…Había un montón de razones para marcharme…

 

-Te juro papito que ni bien llegue me consigo un trabajo y, al toque, te estoy mandando platita… No te preocupes, viejito… Ya vas a ver… En un año vengo de visita… Y, de repente, nos vamos todos… -, le dijo al despedirse en el aeropuerto.

 

Aún despierta sobresaltada, arrepentida de no haberlo apretado un poco más. 

 

… Es que no quise ponerme sentimental…

 

En la aduana le registraron la maleta hasta los forros y le dieron de ingreso tres meses. También incautaron la bolsita de chancapiedra que su papá le puso en el bolso de mano. La amiga esperaba afuera con el motor del auto encendido. Al verse, se abrazaron con euforia… Pero la emoción se acabó rápido. El esposo, aburrido de tanto afecto, pitó el claxon haciéndolas saltar a sus respectivos lugares en la camioneta.

 

Los primeros meses se la pasó cuidando a las hijas de la amiga. Un par de gemelas caprichosas que se divertían calumniándola en inglés con el papá.  El gringo, por supuesto, les creía todo lo que decían sus querubines.

 

-En esta país lous niñous nou mientan…

 

La chata no tenía privacidad ni para llorar. Dormía sobre un colchón delgadito que tiraba en el piso junto a las camas de las malas semillas y toda la noche estaba pendiente, atendiendo sus necesidades.  Pero tampoco podía dormir. Le angustiaba pensar si su familia tendría  para comer. En las mañanas se levantaba adolorida y casi ni comía para no molestar. La chata se puso flaquísima.

 

Una tarde, la chata habló con su amiga acerca de la difícil situación económica por la que su familia atravesaba, planteándole la necesidad urgente de percibir algún ingreso económico. Entonces, a escondidas del marido, la amiga le prestó su número del  Seguro  Social y le consiguió un trabajito bañando perros en la veterinaria dónde ella trasquilaba al suyo.  El gringo odió a la chata a muerte. Y tuvo que ofrecerle más a su antigua niñera para que regrese.

 

Pero se vengó cobrándole por el cuarto, mejor dicho, por el piso del cuarto… La chata salía al amanecer y regresaba ya bien entrada la noche muerta de cansancio. Para no tener que caminar como veinticinco cuadras de ida y de vuelta  se compró una bicicleta de segunda mano y en ella trajinaba por toda la ciudad.

 

Las noticias que recibía del Perú eran desgarradoras. Su papá perdió el negocio al poco tiempo de su partida. Uno de los mataperros enfermó de las amígdalas y tuvo que descompletar una letra para hospitalizarlo. Para colmo, a la hermana le diagnosticaron diabetes… Necesitaban plata ¡Urgente!… Pero la chata los tranquilizó contándoles que ya tenía trabajo…

 

-No se preocupen… Todo se va a arreglar.  Ya van a ver…

 

Cada sábado pedaleaba desde Kendal hasta la Pequeña habana, para mandarles dinero a su gente.  Conteniendo las lágrimas regresaba rendida deseando que fuera el día siguiente para continuar trabajando…

 

Una noche su amiga la recibió con una cara de a metro.

 

-¿Cómo era posible? ¿Se creía que su casa era un hotel? ¡Te me largas ahorita mismo! ¿Crees que no puedo denunciarte a migraciones?… ¿Ah?… ¡Perra!… ¿Dónde están los ganchitos de pelo de las niñas?…  ¿Y las demás cosas? ¿Crees que no me doy cuenta que todo se lo mandas a los muertos de hambre en Lima?… ¿Ah?… ¡Mis hijas no mienten! – Y la puso con su maleta  de patitas en la calle. Previa registrada, por supuesto. El gringo nunca despegó la vista de su periódico, tampoco dejó de comer sus Tostitos con salsa. 

 

Deambuló como un alma en pena durante horas hasta que se le acabaron las lágrimas.  La chata nunca supo con exactitud qué se les perdió a las gemelas. Más tarde, recordó que esa mañana la niñera no le dio cara y que se escabulló con el rabo de paja.  Al amanecer sacó su libretita verde y llamó a su amigo del barrio que la acomodó en su garaje. El chico estaba casado y, al toque, la mujer se puso celosa. Así que, se tuvo que ir en unos días.

 

Rodó un par años como una gitana de aquí para allá, compartiendo techo con mucha gente.  Se dedicaba igual a la limpieza como a la cocina o a cuidar ancianos…  Pero no lograba ser constante con sus envíos de dinero a Lima. Pasó mucho tiempo para que pudiera encontrar un trabajo fijo, comprar un carro y alquilar un departamento.

 

La muerte de su papá la agarró de sorpresa.  Hasta ahora lamenta no haber podido pasar esos últimos años con él ¡Ni siquiera sabe dónde está enterrado! Cuánto le pesa no haber apretado un poquito más fuerte a su pobre viejo, que se murió esperándola. 

 

Compró a crédito muebles, artefactos, ropa y montones de regalos para mandar a Lima… ¡Compró y compró!  Terminó comprándose un perro para tener con quién hablar… ¡Quería recuperar el tiempo perdido! 

 

Los sobrinos crecieron y aprendieron a pedir, aunque ni siquiera se acordaban bien de ella.  La chata se desvivía por mandarles sus gustos y las mejores marcas.  Trabajaba como una hormiga para pagarles los estudios, los uniformes, las pensiones y lo demás… ¡Lo pagó todo! No tuvo tiempo ni para buscarse un novio…

 

Cuando la hermana falleció mandó por los tres adolescentes que, le sacaron el jugo durante años y hoy andan mal acostumbrados, metidos en las discotecas despilfarrando lo poco que ganan… 

 

-Parece que fue ayer cuando llegué… – se dijo el otro día que regresó cansada del trabajo. 

 

Mientras lavaba su uniforme y se preparaba la cena, recordó que hacía más de quince años que no iba al cine y que, en todo ese tiempo, no había hecho una amistad verdadera… Que jamás había vuelto a disfrutar de un mes de vacaciones, como cuando trabajaba de secretaria en Lima… Tampoco sabría qué hacer con tanto tiempo libre… No había vuelto a broncearse en la playa.  Nunca había vuelto a subir un cerro, mucho menos, había gritado de felicidad…

 

-¡Sí, que no he hecho nada!… Sólo ir y venir del trabajo al supermercado… 

 

El día que sus sobrinos cumplen años recogen sus regalos y se largan con las mismas ¡Ni le hablan!… En su casa ya no hay nada divertido… 

 

-¡Ah! ¡Pero, qué bueno fue esperarlos!… Junté para sus pasajes, les compré todo nuevo, los vestí a la moda… A esos niños no les faltó nada ¡No podrán quejarse!…

 

La chata no sabe qué hacer con su vida… Aunque todavía se siente fuerte, a prueba de bombas. No tiene crédito… Los estudios de los chicos la han dejado endeudada hasta el cuello. Pero ha empezado a ahorrar nuevamente.  Desea regresar al Perú… Ya ni se acuerda cuando fue la última vez que se hizo una mamografía… También necesita arreglarse los dientes… Tal vez hasta jalarse las arruguitas… A ver si se le quita esa expresión de fracaso que cada mañana intenta disimular con montones de cosméticos…  Por eso no quiere irse sin plata.

 

¿Qué va ha hacer con todo lo que ha comprado?… La chata se ha resignado a regresarse sin nada… Sin embargo, aún el corazón le palpita fuerte cuando piensa en el futuro. No cree que sea demasiado tarde para nada y se ha jurado que subirá a ese avión de regreso, pase lo que pase.

Entradas antiguas »

Categorías