Fue la respuesta al tedioso y repetitivo, pero no lejano de la realidad, discurso de Ortega. Si olvidar la Historia fuese válido, no buscaríamos juzgar a los autores de delitos contra la Humanidad, – como los cometidos durante la Segunda Guerra Mundial- ni podríamos haber condenado a ciertos personajes como el presidente peruano Alberto Fujimori. El análisis de la Historia nos permite rectificar los errores del pasado y hace posible evitarlos en el futuro. La propuesta del presidente Obama -borrón y cuenta nueva- es decepcionante y autoritaria porque exige el olvido y la impunidad para construir un mejor futuro sobre las ruinas del intervensionismo norteamericano.
Han transcurrido tres meses desde que Obama asumió la presidencia y ya podemos medir el grado de credibilidad de sus elocuentes y bien elaborados discursos que -cargados de retórica esperanzadora- anuncian un gran cambio para Norteamérica y el mundo. Las expectativas creadas en torno a su desempeño en el cargo, obviamente, han sido mayores a su capacidad para resolver problemas.
La condición racial se baraja nuevamente en este país como un elemento de diferenciación entre semejantes y ha dado como resultado que el único cambio sea el triunfo electoral de un afro-americano. Por otro lado, una sociedad en donde se obliga a categorizar a la persona humana de acuerdo a su nacionalidad es discriminatoria. En el autoproclamado país de la Libertad, todavía se dosifica el ejercicio de los derechos individuales de acuerdo al valor atribuido a cada poblador por su condición racial, económica y estatus migratorio. Además, coexisten con el grupo de los ciudadanos – donde los conflictos de estas índoles nunca han acabado -, un grupo de residentes aspirantes a la naturalización. En este grupo, los conflictos antes mencionados, tampoco se han eliminado y podría decirse que la competencia generada entre sus miembros para alcanzar el estatus legal se ha agudizado.
Es innegable que Obama ha sido elegido por los ciudadanos nacidos y naturalizados en este país. Sus discursos y propósitos están dirigidos en función de sus necesidades, lo que es políticamente correcto. Sin embargo, millones de residentes no acudieron a las urnas por su condición legal transitoria, determinada por factores políticos, económicos y sociales, como el racismo. Existe una gran masa humana en espera de su legalidad. Los esquemas de conflicto se repiten como patrón de conducta social rumbo a la adaptación para una vida plena de Libertades y Derechos. Las condiciones de vida que esta multitud lleva son, en muchos casos, peores a las que vivían anteriormente en sus países de origen.
Y la respuesta es siempre la misma: ¡Si no te gusta, vete! ¡Regresa a tu país! ¡Esta es una Democracia! Como si ésta última fuera un privilegio exclusivo de los Estados Unidos. Esta ilusión de falsa libertad es la que saca a millones de jóvenes de sus países que, a pesar de vivir una vida digna en su lugar de origen, deciden probar suerte en un territorio donde carecen de libertades y derechos básicos como salud y educación.
Según sus recientes declaraciones, Obama ha decidido solucionar el problema inmigratorio sancionando económicamente a esta masa – empobrecida y maltratada por la discriminación y por sus limitaciones legales-, por el hecho de haber permanecido en este país sin permiso, quebrantando la ley. Sin embargo, esta muchedumbre es la fuerza laboral que desempeña los trabajos más duros, que los privilegiados no están dispuestos a ejecutar. Cuestionado Obama acerca de la situación de los millones de inmigrantes ilegales en este país en su reciente visita a México, – enfrentando el bombardeo de un inquisitivo grupo de periodistas – respondió que no solamente eran mejicanos sino muchos otros grupos, como irlandeses y polacos, los que se encontraban en espera de su legalidad, ignorando que sesenta por ciento de los ilegales provienen de ese país. Su referencia a las otras nacionalidades europeas parece haber sido sacada de los libros de ciencias sociales que el presidente leyó durante la secundaria y que de hecho se refieren a etapas previas de la historia norteamericana.
Resulta contradictorio que, mientras el presidente Obama desconoce algunos problemas sociales en casa, opine acerca de los derechos y libertades de los ciudadanos de otros países.
La conocida doble moral norteamericana, bajo la premisa de la libertad, somete a la población al servicio de un Estado autoritario y policial donde sólo existe la libertad de consumo, la competencia desleal y el monopolio de los servicios. El efecto de la repetición constante de este valor ha dado como resultado la actitud sumisa y pasiva de sus pobladores que están persuadidos de ejercer plenamente sus libertades individuales, mientras que el racismo, la xenofobia y la discriminación continúan carcomiendo sus cimientos.


